Dos relatos de un paseo por el jardín – Guillermo Contreras

Relato del nuevo libro “Cronología de un paseo por el Jardín”. Historias de un jardín recorrido y conocido en un instante mínimo de la existencia de la vida universal.

1964

1967 Cambio Lobato a Scout

Llegó el momento, desde 1964 que estaba en la manada, era un lobato de los primeros de la agrupación, llegado fines del año 1967 llevaba cuatro años de experiencia. Manada, cacerías, seisenas, responsabilidades y cada sábado observar a los grandes, los scout de la tropa en sus patrullas. Sogas, hachas, carpas, el cuchillo de monte. Todos los sueños de ser grande,  de que llegue el día de pasar a la tropa.

En la manada las seisenas se identificaban por colores, desde el primer día mi seisena, de la que era responsable fue la seisena roja,

En la tropa las patrullas se identificaban por animales “Tigre”, “Lince”, “Panteras”, y cada uno por sus cualidades, astuto, veloz, sagaz, alerta.

El sueño era ser parte de una patrulla, de sus cualidades. Un niño crece nadando en sus sueños, sus fantasías se harán realidad al entra a cada escenario mutando a la vida misma sin darse cuenta.

Y bueno llegó el día, “pasas a la tropa” miedos, incertidumbre pero un sueño de estar entre los grandes. Y la duda cual será la patrulla, cuál será el animal que tenga su impronta de poder, sabiduría, astucia, o la cualidad en la que me proyectaría.

La vida siempre logró sorprenderme, la patrulla a la que me ingresaron era la patrulla “Ardillas” ¡mierda que sorpresa! ,

Así los sueños se diluyen en la realidad irremediablemente.

Guillermo Contreras

1994 El Psicólogo

Me mandaron al psicólogo, nunca antes había ido a uno. Desconocía totalmente en que consistía su trabajo, es más les desconfiaba lo suficiente como para evitarlos. Había escuchado de gente que dependía de ellos, que nunca se curaba, que los tenía como muletilla, y a parte yo con lo cerrado que era, con lo hermético que era con mis cosas no me veía muy a fin de ese tipo de tratamientos.

Con todas esas opiniones favorables para el psicólogo me puse en tarea de conseguir uno. Alguien me recomendó uno del barrio, parece que es bueno, yo lo había visto alguna vez en la escuela de los chicos, en el club también. Bueno al fin me decidí, lo llamé y concreté un día y hora para comenzar el tratamiento.

No me predispuse muy bien, la verdad que toda la semana me pregunté que me podía preguntar este tipo, que debía contar, porque iba. No soy muy bueno para la tarea de revisar mi cabeza, así que llegué al día de la entrevista totalmente confundido y hasta creo había perdido en mis pensamientos la idea primaria de porque estaba ahí.

Bueno, pensé, este hombre debe saber que hacer con alguien como yo. Pensé él debe haber estudiado como para saber como sacarme las cosas de adentro. No se que es la psicología pero debe saber algo de eso.

En ese tiempo aún existía la mala costumbre de fumar en público, y el profesional este, según deduje inmediatamente, debía tener algún problema no tratado con su pipa, porque la preparó mientras me recibía y fumó toda la hora siguiente.

Me indicó que me recueste en un sillón, quedé mirando hacia la ventana, y él detrás de mí sentado en un silloncito muy especial, con aires de importante. Yo pensaba, ¿que me preguntará?, tal vez pregunte por mi infancia y yo hasta ahora nunca había pensado en ello, no recuerdo muchas cosas de ese tiempo. O tal vez lo importante sea mi adolescencia, mi época hippie, o ¿porque me casé?, ni yo lo sé. Miraba de reojo hacia atrás y él hombre este movía su pipa, echaba humo y seguía sin decir una palabra. Yo hasta ese momento tampoco había abierto la boca, no sabía como era esto y pretendía que me lo expliquen. Como soy terco eso se fue transformando en una lucha silenciosa de que si vos no hablas, yo tampoco.

Cuando me di cuenta había pasado la hora, creo que eran cuarenta minutos la sesión, y la pipa se levanto de su asiento arrastrando a psicólogo tras ella, nos despedimos y me fui a casa. No recuerdo el detalle, no recuerdo si pagué por estar en silencio cuarenta minutos en un cómodo sillón mirando un parque, debí haber pagado porque luego nunca evité saludar a ese vecino de la pipa, aunque nunca volví a ese sillón.

Guillermo Contreras

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