La huelga de las Putas de San Julián, 100 años después

El 17 de febrero de 1922, Luego de haber fusilado a unos 1.500 huelguistas, el teniente coronel Héctor Varela “decidió premiar a sus soldados con una visita a los prostíbulos de la zona” y pidió “que prepararan a las “pupilas” para recibir a los soldados. las Trabajadoras Sexuales de la casa de tolerancia La Catalana del Puerto de San Julián, se negaron a prestar sus servicios a los militares que reprimieron y asesinaron a los peones rurales durante las huelgas en Santa Cruz. “Con asesinos no nos acostamos” les gritaron a los soldados desde la puerta del prostíbulo. Así lo registró Osvaldo Bayer en su libro “La Patagonia rebelde”.

 “En 1974 –contó Bayer en Página/12–, quise ese final para la versión de La Patagonia Rebelde que dirigió Héctor Olivera, pero el productor Fernando Ayala se enteró, por un coronel amigo, que los militares iban a impedir el estreno de la película y capturar las copias. Tanto Olivera como Ayala me pidieron otro final, a lo que, en principio, me negué, pero después me di cuenta de que debía dar a conocer aquellas huelgas patagónicas, y cambié el final por una escena donde los estancieros brindaban con champán después de los fusilamientos y cantaban ‘For he’s a Jolly good fellow’ al teniente coronel Varela, uno de los responsables de la masacre”.

La historia de las Putas de San Julián

“Las cosas se organizaron bien porque previamente se mandó decir a las dueñas de los prostíbulos que a tal hora iba a ir la primera tanda de soldados para que tuvieran listas a las pupilas. En San Julián se avisó a Paulina Rovira, dueña de la casa de tolerancia “La Catalana”.

Pero cuando la primera tanda de soldados se acercó al prostíbulo, doña Paulina Rovira salió presurosa a la calle y conversó con el suboficial. Algo pasaba, los muchachos se comenzaron a poner nerviosos. El suboficial les vendrá a explicar: algo insólito, las cinco putas del quilombo se niegan. Y la dueña afirma que no las puede obligar. El suboficial y los conscriptos lo toman como un insulto, una agachada para con los uniformes de la Patria. Además, la verdad es que andan alzados. Conversan entre ellos y se animan. Todos, en patota, tratan de meterse en el lupanar. Pero de ahí salen las cinco pupilas con escobas y palos y los enfrentan al grito de “¡asesinos! ¡porquerías!”, “¡con asesinos no nos acostamos!”

La palabra asesinos deja helados a los soldados que aunque hacen gestos de sacar la charrasca, retroceden ante la decisión del mujerío que reparte palos como enloquecido. El alboroto es grande. Los soldados pierden la batalla y se quedan en la vereda de enfrente. Las pupilas desde la puerta de entrada no les mezquinan insultos. Además de “asesinos y porquerías” les dicen “cabrones malparidos” y —según el posterior protocolo policial— “también otros insultos obscenos propios de mujerzuelas”.

La cosa no da para más. El insulto de asesinos les ha quitado a los curtidos soldados la gana de todo. La picazón en las ingles se ha convertido en un amargo sabor en la boca. Ya no tienen ganas de nada sino de emborracharse, de pura rabia.

Pero esto no quedará así. Interviene el comisario de San Julián y hará arrear a las desorejadas hasta la comisaría. Las cinco rameras son llevadas por dos agentes, entre las sonrisas burlonas de los hombres y el desprecio de las mujeres honestas del pueblo. También se llevan a los músicos del prostíbulo: Hipólito Arregui, Leopoldo Napolitano y Juan Acatto, que son dejados de inmediato en libertad al llegar a la comisaría porque declaran solícitos que reprochan la actitud de las pupilas. Además, ellos siempre prestan sus servicios gratuitos en las fechas patrias.

A las meretrices las meterán en un calabozo. El comisario tiene aquí una grave responsabilidad. Dentro de todo se ha insultado al uniforme de la patria y se ha tomado partido por los huelguistas. Por eso resuelve ir a pedir consejo al teniente 1o David S. Aguirre, a cargo de la guarnición militar. Este militar no quiere ningún escándalo, no quiere que la cosa pase a mayores. Total, en resumidas cuentas, se trata solamente de la opinión de cinco putas.

Una paciente investigación nos ha llevado a conocer el nombre de estas cinco mujeres o, mejor dicho, de estas cinco mujerzuelas. Los únicos seres valientes que fueron capaces de calificar de asesinos a los autores de la matanza de obreros más sangrienta de nuestra historia. He aquí sus nombres, tal vez los mencionaremos como un pequeño homenaje o, no digamos homenaje, digamos recuerdo de las cinco mujeres que cerraron sus piernas como gesto de rebelión.

Lo diremos con la filiación policial tal cual aparecieron en los amarillos papeles del archivo: Consuelo García, 29 años, argentina, soltera, profesión: pupila del prostíbulo “La Catalana”; Angela Fortunato, 31 años, argentina, casada, modista, pupila del prostíbulo; Amalia Rodríguez, 26 años, argentina, soltera, pupila del prostíbulo; María Juliache, española, 28 años, soltera, siete años de residencia en el país, pupila del prostíbulo, y Maud Foster, inglesa, 31 años, soltera, con diez años de residencia en el país, de buena familia, pupila del prostíbulo.

Jamás creció una flor en las tumbas masivas de los fusilados; sólo piedra, mata negra y el eterno viento patagónico. Están tapados por el silencio de todos, por el miedo de todos. Sólo encontramos esta flor, esta reacción de las pupilas del prostíbulo “La Catalana”, el 17 de febrero de 1922.”

Parte del texto fue tomado de la pagina de la AMMAR https://www.ammar.org.ar/La-huelga-de-las-Putas-de-San.html

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