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La literatura en el Bicentenario |
OPERACIÓN MASACRE: producto de una matriz inmemorial
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En este texto Rodolfo Walsh se siente conminado por un compromiso solidario. Deja a un lado su tranquilidad de periodista escritor de novelas policiales y se interna en la ignominiosa maraña de los fusilamientos de José León Suárez acaecidos el 9 de junio de 1956.
Su
punto de partida es: “Hay un fusilado que vive”. De allí en adelante va
desentrañando la verdad hasta llegar a la afirmación final: es evidente
que el gobierno de
Esta aseveración, puesta en una perspectiva futura, preanuncia los
asesinatos de la década de los 70 –antes y durante Aquella Operación Masacre quedó impune. Ésta está siendo castigada treinta y tres años después, en algunos casos post-mortem, en otros con atenuantes escandalosos como la prisión domiciliaria.
Antes aún, con la llegada de los conquistadores, se sucedieron innumerables matanzas de aborígenes para poder apropiarse de la tierra y de sus riquezas. Podríamos seguir enumerando regiones y matanzas, no ya en América sino en cualquier parte del mundo y en incontables épocas históricas. Pueblos contra pueblos, hemisferio contra hemisferio, naciones contra naciones, religiones contra religiones, estilo de vida contra estilo de vida, clases sociales contra clases sociales, pandillas contra pandillas, cosmovisión contra cosmovisión, hombres contra hombres en definitiva.
La historia de En este punto, el texto de Rodolfo Walsh alcanza la categoría de proeza porque un sólo hombre se planta y reclama justicia por otros a quienes no conoce. Sus principios no le permiten pasar esos “fusilamientos/asesinatos” por alto y se juega; se planta y se perfila ya, como víctima de la siguiente gran matanza – igual que el resto de los sobrevivientes de los fusilamientos, por otra parte.
Podríamos trazar un paralelo con la investigación de Osvaldo Bayer
respecto de las matanzas de obreros en Rodolfo Walsh no tuvo esta suerte.La pregunta sería: ¿qué nos pasa frente al otro, al distinto, al diferente que lo reducimos a la categoría de escollo y simplemente lo removemos? ¿qué nos pasa que nos convertimos en viles Caínes en cuanto nos vemos frente al otro? Es como si sobre la tierra sólo hubiera lugar para los “unos” y no para los “otros”. Algunas sociedades supuestamente civilizadas, avanzadas, desarrolladas, del “primer” mundo, funcionan democráticamente pero muestran siempre la hilacha. Hecha la ley, hecha la trampa. Con eufemismos logran soslayar los principios básicos de igualdad ante la ley, de equidad y de justicia para castigar siempre al “otro”. La opción pareciera ser: elegir ser “ cola de león” o “cabeza de ratón”. Aquél que elige ser cola de león se traga sapos, pero sobrevive. El que opta por ser cabeza de ratón, pone en peligro su vida. El pez grande se come al chico. Toda esta sabiduría popular y estas verdades de Perogrullo patentizan esta matriz que moldea la conducta humana desde tiempos inmemoriales. ¿Y por qué Sudamérica iba a salvarse de estos patrones de conducta? Antes de la llegada de los conquistadores también había matanzas entre las distintas etnias aborígenes, pueblos que buscaban la supremacía sobre otros.
Es entonces el hombre el lobo del hombre, citando a Hobbes, porque
no ha podido desarrollar sus funciones superiores: las espirituales. La
carne y el intelecto por sí solos producen egoísmo y el ego expulsa al
“alter”, al otro. Donde hay egoísmo, el altruismo no tiene espacio. A
partir de este concepto miope se desbarranca todo lo demás. Hasta casi
podríamos decir que
Aquí el papel de los medios es insoslayable. Mientras se fusila a
hombres inocentes en José León Suárez, la radio transmite música clásica y
nadie dice nada. Había que sintonizar radio Colonia para enterarse de las
movidas políticas en Recordemos la cobertura recortada del atentado a las Torres Gemelas o los relatos unívocos de las guerras en Afganistán e Irak, la muerte de los periodistas independientes que tan sólo querían hacer su trabajo con honestidad profesional, objetivamente.
Todo aquel que osa levantar su voz contra el poder es eliminado y,
en el caso que nos ocupa, Perón cometió el gravísimo pecado de darles entidad a los otros -a los pobres, los trabajadores- y los unos –los ricos, los desde siempre dueños del poder- hasta prohibieron que se pronunciara su nombre. Ante la sospecha de una conspiración para lograr su vuelta en junio de 1956, había que aplastarlos, sin preguntar demasiado para no perder tiempo, por las dudas y R. Walsh tuvo la valentía, la osadía de levantar su voz y señalar la injusticia, el crimen. Los enrostró con su propia indignidad. Los monstruos no quieren verse sus rasgos en el espejo. Prefieren inventarse dioses, símbolos, estandartes, excusas y falsas utopías de orden, organización, respeto, jerarquías, banderas, medallas y jinetas para tapar sus únicos móviles: el poder y la riqueza malhabidos. En esta estratificación “el otro” es apenas una cucaracha, asquea y hay que matarla. R. Walsh, aún sabiendo esto, no quiso ser cómplice y habló en defensa de la dignidad de los unos y de los otros. Esta actitud lo eleva por encima de la media humana.
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