El Pueblo 
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No queda otra opción, si quiere comprobarlo debe intentar salir del pueblo. Salió de la casa lentamente, miro el hogar, encendido desde la mañana, sus últimas brazas encendidas, levantó un libro que por la siesta revisaba, no llegó a leerlo, pero terminó debajo del sillón, seguro antes de dormirse un rato. Buscó las llaves del auto, buscó también un abrigo y la mochila, en ella puso el celular, documentos, monedas, caramelos.

Salió a la calle, ya el sol se escondía detrás de las casas, la noche se anunciaba en el cielo enrojecido. Miro hacia la salida del pueblo, a pocas cuadras de su casa terminaban las luces del pueblo, y más allá nada, solo oscuridad. 

Subió al auto, revisó el cinturón, se lo puso. Pasó instintivamente la mano por sobre el frente, sacó el polvo detrás del volante y lo puso en marcha. Avanzó lentamente por la avenida, solo cuatro cuadras lo separaban del fin del pueblo,  y esa frontera asustaba.

No cambió la velocidad, parecía no querer llegar al fin del pueblo, comienzo de la ruta. En verdad nadie sabía que había más allá. Lo había pensado mucho y hoy lo quería averiguar. Años que la familia le había enseñado el miedo a la nada que existía más allá del fin del pueblo. Pero antes de salir decidió bajar en el bar, cien metros antes de la ruta, ahí los más atrevidos se acercaban aunque más no sea a mirar.

Entró al bar, pidió un vaso de vino, una pareja tomaba mirando la salida del pueblo, tal vez en unos meses se atrevan a largarse, hoy solo miran. Otro ya pasado de vino, llevaba tomando meses, desde que se dio cuenta que nunca se atrevería a largarse. Ahora solo le queda tomar y ver como otros tampoco lo deciden.

En la barra una chica con la mochila apoyada a sus pies era la imagen justa de quien se está yendo. La miró bien y no era la mochila lo que llamó su atención, eran sus ojos caramelos de miel, y toda ella era la chica que nadie dejaría de ver, llevaba un vestido suelto y todo en ella era erotismo, hasta al llevar el vaso a la boca él detuvo su paso y tardó un poco más en llegar a su lado, de paso seguía teniendo perspectiva para admirarla. Se sentó a su lado, no se habría atrevido nunca a romper el encanto del silencio. Ella lo miro a los ojos, él tembló más que ante la ruta, -me llevas- dijo como si supiera todo de él. No contestó, tomó el resto del vino, se agachó, tomo la mochila de ella, recién ahí la miro fijo, sus ojos lo demolían, todo su cuerpo se filtraba por ellos y caía en una nada parecida a la esperada fuera del pueblo.

Una vez en el auto, puso la mochila de ella en el asiento trasero, ella subió, se acomodó  moviendo ágilmente las caderas, es lo que él notó, y el vestido acompañó el movimiento levantándose lo suficiente para ver y admirar unas piernas jóvenes y frescas, suaves y fuertes, la admiración hacía su visión casi en una creencia religiosa, ante él una diosa lo acompañaría en su salida a la nada prometida.

El auto avanzó, última calle de luz, de reojo no dejaba de mirarla, ya no sus ojos por la imposibilidad de ubicación de ambos, pero si sus piernas, la calidez de la vida lo acompañaba. Pero al llegar al límite del pueblo, casi sin darse cuenta bajó la velocidad de marcha casi a ser un movimiento lento imperceptible. En ese momento la miró, ella giró su cabeza y se miraron fijamente, ella viendo que flaqueaba se acercó más y le dio un beso en la mejilla, casi en el labio, él sintió el calor de su boca y tomó el último aliento que necesitaba, su pie apretó el acelerador y el auto se largó a la ruta. De repente solo se veía la luz que salía del auto, fuera de él nada, oscuridad total. El andar del auto solo tenía en chispeo del golpe de algunos bichos en él para-brisa, algunos tan grandes que provocaban un movimiento de evitarlos que los hacía cabecear en falso. Ella sonreía, el se relajaba. Trataba de adivinar que había más allá de la oscuridad, imaginaba gente escondida, animales primero vacas típicas de los campos, después imaginó animales más peligrosos, algunos fantásticos como dragones alados.

El auto seguía su marcha que en la ruta parecía lenta pero siempre cerca del máximo permitido. Pensó  no parece tan terrible, ya salimos hace horas, no vemos nada, pero no pasó nada. Recordó que no había vuelto a mirarla, pensó en sus ojos, en su cadera, sus piernas y giró diciéndole algo, vió sus ojos hundidos en su rostro, rostro seco, apagado, los ojos vacios. Los cabellos eléctricos, sin piel su cara ya no existía, de uno de sus ojos salía una avispa, llevaba meses muerta, eso seguro. Levantó la cabeza y con una boca sin dientes echó una carcajada que quebró la noche.   

Guillermo Daniel Contreras

 
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