El cementerio 
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Del libro "Los Campesinos"  

 

 

Seguimos  el camino, y el sendero nos llevo a las cercanías de una ciudad. Nos dimos cuenta de su presencia porque a nuestro costado se levantaba un alambrado que separaba un pequeño cementerio.

Juan me tomó de la mano y entramos al viejo cementerio, Juan comenzó a tocar la flauta y al rato estábamos bailando entre las lúgubres tumbas. Rompíamos las cortinas del gran salón que las arañas habían tejido, pasábamos por ellas saltando y caímos entre placas y cruces de bronce. No reíamos, pero estábamos alegres, al salir nos dimos cuenta que hacia rato que llovía,  miramos a la puerta del cementerio y allí estaba una vendedora de flores, tiritando de frío, mojada ofreciéndonos unas pobres, hermosas margaritas. Miré y vi que de los ojos de Juan caían unas lagrimas que se mezclaban con gotas de lluvia. Se acercó a la vendedora, sacó algo de su saco y se lo puso entre las manos. La vendedora sonrió.

 

Cuando  Juan se acercaba escuche una voz que venía del cielo que decía:

 

          “Bienaventurados los que luego de comer y danzar por la noche en los salones majestuosos de la muerte, al llegar el alba se recogen con respeto ante la vida.”

 

Al otro día cuando llegamos a la ciudad, todos hablaban de un milagro ocurrido aquella noche en el cementerio. Según parece crecieron hermosas rosas en todos los rincones de aquel.

 

Ahora me explico la sonrisa de aquella vendedora.

 

 

 

 

Guillermo Daniel Contreras

 
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