Ulpidio Balcarce 
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Ulpidio Balcarce era lo que en el barrio se conoce como un amargo. No lo era por la cruel broma de la vida de llevar el nombre de su abuelo materno, Ulpidio, que le granjeara las más crueles bromas de sus compañeros de primaria. Tampoco lo era por padecer síndrome de Tourette el cual lo proveía de una inoportuna tartamudez en los momentos más importantes de su vida o abruptos e incontenibles movimientos en cristalerías y bazares. No, nada de eso era lo que motivaba a Ulpidio Balcarce a ser un amargo. Ninguna de sus evidentes desgracias lo llevaba a despreciar los mejores chascarrillos, hechos sobre su persona u otro desgraciado de turno. Era un amargo porque a los seis años de edad, una gitana lo maldijo con la noticia de que moriría de risa. Ulpi, como lo llamaba cariñosamente su madre se había propuesto ser inmortal. El quería emular a Utnapishtin, el quería trascender las eras evitando reírse. Había perfeccionado la técnica de criticar las incongruencias lógicas de los mas refinados chascarrillos, marcaba con solemne rectitud las nefastas consecuencias de las bromas elaboradas por sus compañeros, anticipaba con desprecio los remates de las bromas soeces de los capocómicos de los teatros de revistas. En definitiva era un pelotudo, pero con un fin, la inmortalidad. Y la hubiese logrado si no fuese por una nota que recibió un domingo por la mañana la cual sentenciaba “Puto el que lee”.



Jorge Omar Bogace

 
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