Los temibles ecos del Siglo XX 
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Ivan Lorenzini

 

 

Se abrieron las compuertas aéreas,

un ave extiende total las alas,

tal vez es un extraño búho,

atrapa consigo algo mayor que un fósforo,

zumba en silencio como gran abeja,

el descenso es ignoto,

la cuidad duerme

con sueño centenario.

Cae y cae,

no deja de caer,

es algo mayor que un fósforo,

más que un volcán.

Cae y cae,

las techumbres

como alud se aproximan.

¡Hiroshima!,

¡Hiroshima!,

¡Hiroshima!,

ahora la eternidad

es salpicada

con todo el apocalipsis desconocido.

Mientras allá,

indiferente los astros

continúan girando

sin percibir la era atómica.

¡Sí!,

continúan girando

pero los hombres

ya no son los mismos.

El mañana se ha nublado

como un vaso de lágrimas.

¡Dadme mariguana!

¡Sí!, no quiero llorar,

déjame perderme

por el laberinto

de las guitarras,

soy un adolecente

que aún necesita creer.

¡Déjame!,

déjame,

pues las fabricas

son asesinas de mis ojos,

déjame abrazar la luz,

déjame pensar

que hay un umbral,

que hay un Lennon,

que hay una nueva religión

desatando como el agua

grandes causes de  alegrías y acuarelas,

para luego

como bandadas trinadoras

 fecundar sin descanso

 a muchos calcinados desiertos.

 

 
 
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