Principio

Tenochtitlan, año 1519

         

 

Una serpiente de fuego vino del poniente,

ojos azorados la contemplan,

fatídica estela de sangre,

bajo tu cruel reflejo

enmudeció la tarde.

No era Quetzalcoatl que regresaba

¿Cómo fue que no lo vimos?

¿O fue tal vez que el cielo inexorable

ya había trazado la ruta del destino?

Tres cabezas arrojan sus centellas,

(rayo y trueno)

de carmesí se tiñen los altares,

Los guardianes del tiempo

atesoran la memoria,

contabilizan los días.

Una serpiente gira, saben los hombres

que la noche larga se aproxima.

No era Quetzalcoatl que regresaba,

no eran de flores y frutos sus vestidos.

La brisa atardecida exhala su lamento,

de norte a sur vuelan las noticias,

breves destellos, el eco de las voces

que los ríos recogen,

suspendidas sobre la seda del agua

como luciérnagas asombradas,

y desembocan en el ancho mar de la memoria.

Gira la rueda con sus nacimientos,

con sus muertes precoces, sus designios.

No era Quetzalcoatl que regresaba,

“(una Serpiente Emplumada,

un dios con alas, se parecía a un ángel.)

Si lo tocas...”

Hubo quien vio a los ángeles

danzando entre la hierba.

Con música de pájaros

el grácil movimiento de los pies descalzos.

El aire tibio

poblando de perfumes la sinfonía de la tarde,

las mazorcas de maíz

henchidas de oro y luz

estallando.

Dioses de piedra sostienen el peso de los siglos.

Algo empieza, algo termina.

Luz y sombra

la danza de los días.

Otra vuelta más,

gira la rueda.

Una historia se escribe, una se oculta,

voz y silencio

la danza de los días.

Algo nace, algo muere,

queda el recuerdo o el vacío.

Todo gira.

Dolor o alegría

sueño o vigilia,

ríos azules que vamos remontando

mientras todo gira.

  

 

  

Gladys Ines Gribaldo

gribaldogladys@yahoo.com.ar

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