Andrés Godoy
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Andrés, una enseñanza de vida

 

“El hombre que emprende un nuevo sendero

por donde nadie caminó enseña a otros por donde ir”

 

 

 

San Antonio, un puerto que perdió su rostro frente al mar porque le taparon el mar con un MALL de paredes altas,  el mamotreto quedó entre las casas  y las gaviotas. A San Antonio tampoco llegan ya los trenes, los han dejado en el olvido. Pero está Andrés que creció mirando las gaviotas desde la casa, un cabro que mira el puerto y sueña. Un cabro que baja a ver llegar el tren porque trae extranjeros de Santiago, gente rara, luces en las ventanas. En su casa no había guitarra, en el barrio no había guitarras, los mejores instrumentos eran sus cabezas que soñaban con guitarras y música. La música que escuchaba venia de dos lugares, de la radio del abuelo y de los prostíbulos. Como puerto que se precie, San Antonio tenía cabarets y prostíbulos, a los que entró desde chico, porque ahí vivían las mamás de algunos de los chicos de la pandilla, eran las mamás de sus amigos, no eran las putas, eran las mamás. Casas donde por las tardes se juntaba gente, llegaban músicos y comenzaba la fiesta, la música para él comenzaba a tener sentido, la música divertía a la gente, unía. Había un viejo anarco que tenía una guitarra, se hizo amigo, lo visitaba y podía tener cerca una guitarra, también se hizo anarco junto al viejo y la guitarra.

El abuelo se dio cuenta de que él tenía una peculiar atracción por la guitarra, un día Andrés desde arriba del cerro vio llegar al abuelo en el bus, venia de Santiago, traía una caja grande, supo que era una guitarra, pero siguió el juego de sorpresa del abuelo. Más tarde el abuelo decidió darle la sorpresa – Vaya mijo a ver en la habitación, hay algo para usted –  Su primer guitarra. Andrés Godoy comenzaba un romance que daría frutos a las siguientes generaciones, pero con algo que pocos tienen la oportunidad de hacer. Cambiar un paradigma.

Aprendió a tocar copiando a los músicos, se colaba en el prostíbulo para ver como ponían las manos sobre la guitarra, copiaba en papeles los dedos, las cuerdas, luego corría a su casa y practicaba con su guitarra. Aprendía como afinarla, cuando se rompía una cuerda aprendió a reemplazarlas con tanza de diferente grosor, de las tanzas que utilizaban en el puerto para pescar. Porque en el pueblo no era fácil conseguir cuerdas.

El amor por la guitarra ya pasaba de la luna de miel, ya Andrés llevaba una historia con su guitarra que pintaba seguir adelante, aunque los cielos y los monstruos de la montaña digan lo contrario.

A los 12 años tenía su grupo “Los Halcones”, Tocaban en fiestas, reuniones, eran conocidos. Ya comenzaba a ser público el amor de Andrés con la guitarra. Mientras vendía pan de huevo en la playa, pescado en el puerto. Como todo cabro del pueblo tenía que trabajar, eso no le quitaba tiempo con su guitarra.

A los 14 los monstruos de la montaña bajaron al puerto, buscaron romper ese amor. Andrés trabajaba en un molino, el molino lo atrapó, cuando luego de varios golpes y un extraño recorrido, anestesiado por su propio cuerpo vio la sangre y se dio cuenta enseguida que el brazo derecho le había sido arrancado, pensó – Así no podre tocar más mi guitarra, espero morir – Tenia fractura en las piernas y un golpe en la columna que lo dejo inmovilizado. Año y medio de recuperación, un brazo menos y un montón de cosas por aprender, aprender a tomar la comida, las cosas, aprender a vestirse con un solo brazo, aprender a andar. Su guitarra en un placard que nadie abría, menos él.

La guitarra había sido su refugio, con todo lo que significa la palabra refugio. Se comunicaba con el mundo a través de la guitarra, también estaba perdiendo su nexo con el resto.

Un día decidió abrir el placard, él ya sin un brazo  ¿para que querría su guitarra?, la puso sobre la cama, la miró y vio todo lo que ya no podría hacer.

Para esos años aparece un tal Uri Geller  un personaje  que con la mente decía  hacer maravillas, doblaba cucharas, movía objetos. Andrés lo vio y dijo, si pienso en un DO va a sonar en la guitarra, si pienso en un LA sonará un LA. Se puso tardes enteras, mientras pasaban los días, las semanas y los meses. Llevó tiempo, y al fin se dio cuenta, no servía, él no podía de esa forma hacer sonar la guitarra. Ya no podría volver a tocarla. Pensó – En futuro voy a tener pareja e hijos y quisiera poder enseñarle a ellos como se toca la guitarra –, para no olvidar, con su mano izquierda, la que aun tenia, comenzó a repetir los tonos, la memoria del hombre es floja sólo repitiendo llegaría a recordar como tocaba la guitarra. Imagen sub-realista, mórbida para cualquiera hubiera sido ver un joven que perdió un brazo, sentado en su cama haciendo tonos mudos con su amada guitarra.

Hasta que un día no sabe si por bronca o porque, uno de los tonos lo marcó con fuerza y la guitarra sonó. Sonó parte del acorde, pero sonó. Tiempo, el sabía usar el tiempo, tenia decisión y paciencia. Tonos incompletos, como completarlos, donde lograrlos, si un dedo queda libre ¿que más puede hacer?. Estaba creando un método “Tap Tap” que rompería el paradigma de que para tocar una guitarra se necesitan dos brazos.

Andrés pasó por Buenos Aires, después del show en un bar del Abasto, al día siguiente, nos tomamos un café en un bar de la Av. de Mayo, junto a su pareja nos contó su historia, que su sueño se cumplió, hoy enseña a nuevas generaciones en todo el mundo su método, sus hijos Celeste, psicóloga y poeta y Bruno, baterista y crítico incondicional de Andrés, son sus sueños cumplidos.  Llegó a Bs As acompañado por Jaime Medel y dos documentalistas Alemanes que vienen siguiéndolo registrando su gira, que lo llevo por Europa y Asia. Su historia enseña a todos que sólo hay que buscar la forma, la vida está esperando que la descubramos. Gracias Andrés por tu calidad y calidez, y por haber abierto un nuevo sendero.

 

Nota: Guillermo Daniel Contreras 

Para www.laveredadelsol.com.ar y www.revistadelosjaivas.com