Un siglo de por medio 
   
     
      
 
                          

                                  

                                   

Un siglo de por medio, el ferrocarril, el automóvil, todo ahora en el mismo lugar, momento. Todo sucede en segundos, el auto blanco con su trompa blanca fruncida por el poder de la ingeniería del siglo veinte, un segundo; los frenos fallan -un segundo; su cabeza falla- como sea su trompa blanca pasa la barrera… todo sucede en un segundo pero a mis ojos se crea una extensa y extremadamente lenta escena de holywood -de esas que tanto me disgustan- y de pronto aún el tren en movimiento: el sabroso color de las llamas, perfectamente holiwoodense. El amontonamiento es inmediato, todos se acercan a las puertas y noto que si fuera más grave el asunto el escape sería salvaje… “siga las instrucciones del personal de la empresa” observa un cartel poco inteligente con dibujos poco inteligentes –el escape sería salvaje y en vano-. Finalmente se abren, las puertas, noto que la lluvia ha aportado a esta escena un toque muy especial de aventura estilo safari que nos obliga a todos a saltar al barro, y salto, los hombres saltan y alguna mujer los acompaña. En el rostro de los hombres se lee en el más claro lenguaje regional la puteada por tener que saltar al barro y ver como llegan a casa ahora, en cambio, en el de las mujeres, se leen cosas mucho más interesantes: porqué coño se me ocurrió ponerme ojotas, ¿Qué es eso, barro?, a no, los zapatos nuevos al barro no. En otras puertas hay hombres ayudando a ancianos/as, niños/as y mujeres delicadas, entiendo que debo ayudar –soy hombre- y el cagazo por el humo que ya no solo sale del auto sino también de los vagones es aplacado por la horrible sensación de tener los pies húmedos, sumergidas de barro las zapatillas, pero ayudo. Primera, una chica no tan chica, luego una mujer de desbordantes dotes físicos y pequeñas prendas, una rubia modelo –la protejo como ser en extinción hasta que noto su tintura-, un señor de varios e incalculables años, todos al barro.

Llego a la avenida, casi nos pisa un auto verde en la avenida más larga del mundo, y me pregunto ¿para qué queremos tener la más larga?  Quizá con tener una un poco más moderada pero de mejor funcionar… El viaje se complica, recién a esta altura lo pienso, por todos lados hay gente a pie, a bicicleta, el viaje continúa como se puede, remis, taxis blancos, colectivos repletos de pezuñas asomadas por las ventanas -que ya no paran-. Todo esto, todo, porque en un segundo los frenos fallan, o la cabeza falla, y al llegar a casa lo descubro: mi padre telefonea y me dice que salio todo en la tv, dijeron que el chofer del auto blanco con trompa blanca intento huir -ileso-, dijeron que no pudo, dijeron que los pasajeros del tren lo ajusticiaron por cruzar la trompa, dijeron.

¿Esta bien? Me pregunto, el ajusticiamiento del chofer… posiblemente, pensará donde meter la trompa la próxima vez.

                                                                                                                  

Canela

24/02/2009

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