Cual Independencia 
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Édgar Velásquez Rivera.

 

Doctor en Historia. Pontificia Universidad Católica de Chile.

Profesor Titular. Universidad del Cauca

 

“...ser un investigador o un científico es cumplir un determinado papel en el sistema social, un papel bastante diferente del de apologistas de cualquier grupo en particular”.

Immanuel Wallerstein.

 

 

Presentación.

 

 

El 20 de julio de 1810 aparece como la fecha oficial de la independencia de Colombia. Desde mi punto de vista, esta fecha sólo fue el inicio de una escalada militarista, donde los bandos contendientes emularon en la barbarie y en la degradación del conflicto, según los partes de guerra de lo que fueron la Batalla de Boyacá, el 7 de agosto de 1819. La Batalla de San Juanito (Buga), el 28 de septiembre de 1819. La Batalla de Pitayó (Silvia, Cauca), el 7 de junio de 1820. La Batalla de Genoy (Nariño), el 2 de febrero de 1821. La Batalla de Bomboná (Nariño), el 7 de abril de 1822. La Batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1822. La Batalla de Junín, el 6 de agosto de 1824. La Batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824. Según mi criterio, éstas tres últimas batallas (Pichincha, Junín y Ayacucho), fueron las que sellaron la independencia de los actuales países del área andina.

 

Las agitaciones contra el dominio español, comenzaron en Caracas (en abril de 1810), en Buenos Aires (en mayo); en Bogotá y La Paz, (en julio); en Quito, (en agosto); en Santiago de Chile y en Dolores, Guanajuato (México), (en septiembre), como nos lo recuerda en éste último caso José Alfredo Jiménez, el extraordinario y más grande juglar mexicano en su canción ranchera “15 de septiembre”. Es interesante conocer la manera en que las autoridades colombianas asumieron el primer centenario, en 1910.

 

En 1910 se concentraron esfuerzos gubernamentales y particulares para conmemorar y representar a los personajes y acontecimientos de la independencia. En este ambiente, en Bogotá, el 20 de julio de 1910, fue inaugurada una estatua de Antonio Nariño, en la Plaza de San Victorino, después de una procesión que había partido desde el Capitolio. La Ley 39 de 1907, dispuso la “Solemne Celebración del Centenario de la Independencia Nacional” y por Decreto presidencial 1300 fue conformada la Comisión Nacional Organizadora del Centenario, a cuyo tenor, el gobierno nacional, en 1909, destinó modestos recursos para la construcción de obras y transfirió parte de esos recursos a las juntas departamentales. El Centenario de la Independencia fue celebrado con “obras de utilidad e higiene públicas”. En algunas localidades como Cartagena, Pasto y Popayán, hubo discursos regionalistas contrarios a las posiciones de las elites bogotanas. En Bogotá, se creó el “Parque de la Independencia” para exposiciones industriales y agrícolas. Hubo construcción de estatuas, bustos y monumentos, en un claro interés por legitimarse como “nación civilizada” al contratar a escultores franceses. Los discursos de las inauguraciones de estas obras tuvieron un fuerte carácter hispanista. Las galerías de próceres, las biografías, las tarjetas postales con los gobernantes de 1810 a 1910, los textos de historia, las medallas conmemorativas y la numismática, también fueron centro de atención en 1910.

 

En el año 2010, en distintos países de América Latina se registran espectáculos circenses sobre el bicentenario de las independencias. Autoridades de distinto orden, instituciones de variada trascendencia, organizaciones y personas de heterogéneas procedencias académicas y políticas, convergen, con alborozo, para celebrar 200 años de supuesta vida republicana. Gobiernos de distintos niveles jerárquicos apuran las construcciones de obras para regocijarse por tal efemérides, burócratas de todas las pelambres ejecutan acciones como paseos a lugares de supuestos significados históricos, vividores de variada estirpe se agazapan en foros, congresos, seminarios y conferencias para realzar cuestiones que, en las más de la veces, no procesan de manera crítica. Lamento disentir de esta avasalladora corriente signada por un ingenuo optimismo y un voluntarismo voluptuoso.

 

Independencia es la capacidad para elegir y actuar con libertad y sin depender de un mando o autoridad extraña. Es la calidad o condición de independiente, de autonomía, de entereza, de firmeza de carácter. Es la situación de un país que no depende ni está sometido a la autoridad de otro. Como concepto político apareció con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos en 1776 como respuesta al colonialismo europeo y se extendió con las declaraciones de independencia de los países latinoamericanos dependientes del imperio español en la Guerra de Independencia Hispanoamericana (1809-1824). Más adelante el concepto se relacionó estrechamente con el principio de no intervención y el derecho de autodeterminación de los pueblos.

 

Si nos atenemos a la anterior etimología, un país es independiente cuando construye su propia libertad, la asume con responsabilidad y genera prácticas de autonomía por medio de las cuales ni depende, ni está sometido a la influencia dominante o a la asfixiante autoridad de otro país. En la historia política de Occidente la consecución de las independencias, fueron procesos tortuosos unos, ágiles otros e indefinidos los demás. En tanto construcciones históricas, las independencias de los países latinoamericanos han sido aceptadas como hechos inobjetables, los cuales habrían ocurrido, en su mayoría, en el marco del denominado ciclo de revoluciones de Occidente (1780-1830), respecto al dominio español iniciado en 1492.

 

En medio del unanimismo rampante, las siguientes reflexiones procuran sistematizar una postura crítica sobre el  bicentenario, a partir de la pregunta ¿cuál independencia? Pues si se tiene en cuenta que “…en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar sus poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad; y además que el discurso no es simplemente aquello que traduce las luchas o los sistemas de dominación, sino aquello por lo que, y por medio de lo cual se lucha, aquel poder del que quiere uno adueñarse”[1]; estas reflexiones pretenden mostrar un discurso disidente, laico y crítico.



[1] Foucault, Michel. El orden del discurso. 2 edición. Barcelona: Fábula. 2002, 15.

 

América Latina.

 

 

Lo que hoy se conoce como América Latina, antes fue llamada las Indias, Nuevo Mundo y luego América. El nombre de América Latina apareció  por primera vez en 1861 a raíz de la expedición francesa en México (1861-1867) en el marco de la geopolítica panlatina liderada por Napoleón III, como una estrategia conducente a la recomposición de la correlación de fuerzas, en este caso a favor de Francia, frente a Prusia, Italia, España, Portugal, Inglaterra y los Estados Unidos.

 

Desde entonces, con el nombre de América Latina se pretende homogenizar una parte del mundo que es heterogénea en términos geográficos y humanos. El mundo académico quedó atrapado en tal dispositivo configurado por la política. Ello explica en parte por que, particularmente desde las ciencias humanas y sociales ha existido una marcada tendencia a generalizar para toda la región explicaciones, tendencias y procesos a partir del conocimiento de unos países (Argentina, Brasil y México).

 

De lo anterior, se deducen dos cuestiones: en primera instancia, América Latina no decidió su nombre y, en segundo lugar, América Latina es una creación europea. A propósito de los Estados Unidos, aún no hay acuerdo entre los estudiosos del tema, si dicho país participó de manera activa a favor de las independencias de los países de la región, o si por el contrario, entorpeció tales hechos dado que aún no estaba en condiciones geopolíticas que ejercen un dominio hegemónico sobre las nacientes repúblicas.

 

Sobre lo que si no hay duda, es que Inglaterra intervino en pro de las mencionadas independencias con municiones, armas, hombres y empréstitos monetarios. Una vez fueron expulsadas las autoridades españolas de sus colonias y las noveles repúblicas obtuvieron el reconocimiento como países libres por parte de algunas naciones, Inglaterra procedió a legalizar esos empréstitos monetarios y nacieron las deudas externas. América Latina nació endeudada. Desde entonces, las deudas externas se convirtieron en nuevas formas de esclavización. Los países latinoamericanos, unos más que otros, tienen su futuro hipotecado a raíz de su impagables deudas externas, cuyo crecimiento, no necesariamente ha significado mejoras en las infraestructuras productivas. Desde 1970, es decir, en los últimos cuarenta años, las deudas externas de los países de la región, se ha incrementado 60 veces.

 

Por efectos combinados de los resultados parciales de la lucha geopolítica entre las principales potencias hegemónicas de las tres primeras décadas del Siglo XIX, y de la figura de las deudas externas, entre otros, los países latinoamericanos cayeron en una nueva dependencia, en este caso, frente a Inglaterra. Antes lo habían estado frente a España. Entre la última década del Siglo XIX y las tres primeras del XX, Inglaterra fue desplazada de la región, como potencia hegemónica, por los Estados Unidos, en un contexto geopolítico caracterizado por el auge del imperialismo impulsado por la Doctrina Monroe, el Destino Manifiesto, y las estrategias de Buen Vecino, de la Diplomacia del Dólar y la Diplomacia del Garrote. Los Estados Unidos superaron a Inglaterra en producción de bienes y servicios, en exportaciones, en áreas de dominio y de influencia y empezaron a compartir con esta, el liderazgo de la revolución científica y tecnológica de la coyuntura en cuestión.

 

La nueva dependencia de América Latina frente a los Estados Unidos, sin ser la única, fue y es, en términos cualitativos y cuantitativos, más profunda e integral que la ocurrida con respecto a Inglaterra y España. Esas dependencias no inician donde terminan otras, son acumulativas. El desplazamiento de una potencia hegemónica por otra, no es completo, total y permanente. Pues según se desprende del 33 Periodo de Sesiones de la CEPAL, celebrado recientemente en Brasilia, América Latina avanza hacia unas nuevas dependencias, en este caso, con relación a China, y dicho organismo pone como prueba ineluctable los casos de México y algunos países del Caribe que, en el contexto de las crisis estructurales y coyunturales de la economía estadounidense, ya dependen más de la China que de los Estados Unidos.

 

Los anteriores fenómenos nos llevan a adelantar la siguiente conclusión. América Latina ha sido objeto y no sujeto de su historia. De esa condición de objeto de la Historia, se derivan una serie de peculiaridades que han sido recurrentes en el tiempo y en el espacio. Los etnocidios y los ecocidios que han perpetrado las potencias dominantes, además de ser recurrentes, permanecen en la impunidad. También permanecen en la impunidad los crímenes cometidos, auspiciados y provocados por los estamentos castrenses y policiales, por la Iglesia Católica, por las elites gobernantes y por los transeúntes de la burocracia.

 

Las cosmogonías y las cosmovisiones de las culturas vernáculas cedieron, total o parcialmente, ante las que impusieron e imponen las potencias dominantes. Lenguas, religiones, instituciones políticas y formas de vida, fueron cercenadas a sangre y fuego, otras quedaron en el ostracismo (en algunos casos, con la complicidad de gobernantes y líderes autóctonos) y unas pocas se niegan a morir. De la existencia de centenares de lenguas y religiones, se pasó a una lengua y a una religión y, paradójicamente, los descendientes de las víctimas directas de tales episodios, hoy abrazan con afabilidad a esos supuestos beneficios.

 

A raíz de la supuesta independencia de los países latinoamericanos, sus gobernantes, en la mayoría de los casos subsumidos en una deprimente alienación e indigencia intelectual expresada en su orfandad de elaboración propia, trasladaron a sus tierras, desde Europa y los Estados Unidos, paradigmas cognitivos, teorías sociales, culturas e instituciones políticas, ideologías, nuevas comprensiones del mundo y de la vida, modas, gustos y fobias, modelos económicos y nuevos cánones de la cultura en general. Tal fue el caso del liberalismo que se introdujo como un cuadro de ideas absolutas, no como un sistema crítico de pensamiento. El liberalismo entró a operar, en la práctica, como una ideología de inhibiciones y no del hacer[1]. El resultado no pudo ser más desastroso. Tal fue el caso de las ideologías, específicamente de la ideología liberal que, tanto en Europa como en los Estados Unidos contribuyó a desatar procesos liberadores, en América Latina y, concretamente en Colombia, fue convertida, oficialmente, en una ideología para la opresión y el amordazamiento de las libertades. Eso para sólo mencionar un caso.

 

Concomitante con lo atrás expuesto, en América Latina, en rigor, cuestiones como el nacionalismo, el republicanismo y los Estados con sus pretendidas divisiones de poderes, no han sido más que ficciones. Construcciones históricas específicas, dirían algunos conciliadores de oficio, si, construcciones históricas abortadas que, después de laberínticos y tragicómicos procesos, vuelven al punto de inicio. Por eso la historia política de América Latina en algunos aspectos es recurrente en lo formal y lo formal es la epidermis de la esencia o del contenido. Dichas ficciones, desde una perspectiva dialéctica viven del espejismo de ser expresiones de naciones independientes, cuando en verdad, su afianzamiento es directamente proporcional al ahondamiento de las relaciones de dependencia[2].

 

La mayoría de latinoamericanos reglan sus vidas en virtud de los mitos y las ficciones son partes de su expresión concreta[3]. El mito se destruye cuando se conoce la realidad, por eso todo mito rechaza el conocimiento de la realidad. Esta matriz ha dado lugar a paradojas como el afirmar que las formas predominantes de Estado en América Latina se rigen por la división de poderes, cuando en la práctica no lo es; que los Estados llegaron a un punto de crecimiento tal, que era necesario achicarlo, cuando en realidad nunca copó, completamente, los espacios de cada país, prueba de ello es que en algunos de ellos, aún perviven estados paralelos o para estados. En el ilusionismo de una supuesta independencia, algunas corrientes intelectuales dan por sentado el inicio de la posmodernidad en América Latina, cuando en verdad, la modernidad, en estricto sentido nunca ha llegado y, más bien, hay evidencias tangibles de premodernidad o de minoría de edad colectiva.    

 

Según mi apreciación, la tragedia de que América Latina no sea sujeto de su historia, obturó y obstruye cualquier intento independentista. América Latina ha sido el reservorio de recursos, con los cuales, en parte, España, Portugal, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y, ahora China, se convirtieron y afianzaron su condición de sujetos de su historia. Desde esta lógica comprensiva de los hechos, los países de América Latina, en su condición de países dependientes de las potencias antes indicadas, han oscilado en condiciones de periferias primarias y secundarias, según las exigencias de los modelos económicos, políticos, sociales, culturales y militares de las mismas, en cada coyuntura[4]. En tanto periferias, sus relaciones con los centros metropolitanos han sido y son asimétricas y de dependencia estructural. Es decir, no están en tránsito hacia una independencia o hacia la quimera del desarrollo, estuvieron en condición de colonias y, desde hace dos centurias están como neocolonias. De manera reciente, los Estados Unidos, por medio de instituciones hemisféricas, creadas, ex profeso, ahondan la dependencia estructural. Entre esas instituciones destacan cuatro:

 

1. Las Cumbres de las Américas, de los Jefes de Estado del continente, la primera de las cuales se realizó en Miami en 1994. Según el Departamento de Estado fue la primera reunión de su tipo en 27 años y celebró “el compromiso con la democracia y las economías de mercado en América Latina”.

2. Las Conferencias de Ministros de Defensa de América (CMDA).

3. El ALCA y el TLC.

4. El Centro Hemisférico de Estudios para la Defensa (CHED), creado por el Pentágono dentro de la Universidad Nacional de Defensa de las Fuerzas Armadas Estadounidenses, la National Defense University (NDU).

 

 

¿Colombia independiente?

 

 

La dependencia estructural se manifiesta, entre otras maneras, en los asuntos económicos, políticos, sociales, culturales, religiosos, militares, académicos y científicos. La dependencia estructural en materia económica, ya lo expresé, corresponde a las deudas externas. Ante la insolvencia de los países deudores, los acreedores impusieron e imponen políticas de ajustes estructurales, para garantizar el pago del servicio de las mismas, lo cual incide en mayores niveles de dominio y en el crecimiento exponencial de la pobreza y la miseria. Los países con capitalismos hegemónicos crearon instituciones internacionales para los manejos de las deudas externas, instituciones que como el FMI, el BM y el BIRF, entre otras, han acumulado más poderes que los mismos Estados deudores, pues le fijan éstos las políticas macroeconómicas que deben adoptar y, de manera reciente, en el marco de la nueva versión de la globalización, los han presionado para que subasten sus riquezas y paguen los compromisos contraídos. De ese modo, los países latinoamericanos se han desnacionalizado, si era que realmente existían naciones; también la soberanía, si es que algún país la tuvo, pasó a ser un asunto del pasado.  

 

Como efectos colaterales del anterior panorama, las nuevas colonias fueron especializadas en la división internacional del trabajo y, actualmente, utilizan el eufemismo de las llamadas “ventajas comparativas” para competir en la vorágine de las guerras comerciales con inocultables repercusiones en las sociedades de los mundos periféricos. El desempleo, las hambrunas, los bajos salarios, la informalidad, la degradación del ambiente y de las guerras, la insalubridad y las incertidumbres, especialmente de las generaciones jóvenes, no son elucubraciones de espíritus críticos. Son hechos mensurables. Millones de latinoamericanos se ven precisados a migrar hacia Europa, los Estados Unidos y, de manera reciente, a países de la misma región en busca de empleo.

 

Parte de ese empleo lo encuentran en el ejercicio de la prostitución, la delincuencia, la informalidad y en trabajos destinados a parias. Colombianas, brasileras, peruanas, ecuatorianas, argentinas y chilenas acuden solícitas a los principales puertos suramericanos en los que atracan embarcaciones militares estadounidenses, para atender a sus ocupantes. Las autoridades de cada país garantizan la seguridad de los urgidos uniformados, porque al decir de las mismas, generan empleo, divisas y reactivan las economías locales. De análoga manera, según los anuncios de los principales diarios de las capitales latinoamericanas, es creciente el número de colombianas que ofrecen sus servicios sexuales en ciudades como Ciudad de México, El Salvador, Ciudad de Guatemala, Tegucigalpa, Managua, San José de Costa Rica, Ciudad de Panamá, Caracas, Quito, Lima, Sao Paulo, La Paz y Santa Cruz de la Sierra, Santiago de Chile, Asunción, Montevideo y Buenos Aires, aparte de las que laboran en los Estados Unidos y Europa. Sea de la prostitución o de otras actividades, el sustento de amplios sectores de las sociedades latinoamericanas depende de las remesas que les giran sus familiares ubicados en países distintos a los de su origen.  De esta manera, por su naturaleza de colonias, los países latinoamericanos, postergan por término indefinido la construcción de sociedades dignas, libres y autónomas. 

 

Tanto la dependencia económica como la social, predisponen las condiciones básicas para la dependencia cultural. La dependencia cultural es una impronta de todos los pueblos latinoamericanos. Una de sus expresiones es la alienación. Sus características son bien conocidas: el apego a todo lo extranjero (europeo, estadounidense, chino) y el desapego a lo propio, en lo concerniente a la imposición de modas, prácticas y costumbres. El delegar en otros la facultad para pensar, actuar y sentir, lo que hace que los latinoamericanos piensen, actúen y sientan como propios los problemas que les aquejan a personajes que no necesariamente tienen una relación directa con sus vidas. Son conocidos los casos de colombianos que no durmieron por seguir, paso a paso, los pormenores de la boda de Lady Di. Sufrieron como propio su accidentado matrimonio y se afligieron por su trágico final. Otros, siguen atentos el estado de la salud de las mascotas del Presidente Barack Obama y los demás conocen en profundidad la vida privada de personajes del mundo de la farándula. Es pavoroso que se sepa más de M. Jackson que de pensadores colombianos y latinoamericanos. 

 

A pesar de que hoy existe un mayor acceso a las nuevas tecnologías para la comunicación y la información y posibilidades reales para una mayor diversidad de contenidos y distribución en televisión, radio e internet, la concentración se ha recrudecido. Y la dependencia de América Latina, es mayor ahora que en 1980. Por ejemplo, seis grandes grupos los controlan la industria mediática en el mundo: Time Warner, Walt Disney, News Corp., Viacom-CBS, Vivendi-Universal y Bertelsman. De ellos, cuatro son mayoritariamente anglosajones (Estados Unidos, Gran Bretaña, Australia), y dos son una mezcla de capital francés-norteamericano y uno alemán. Esos seis grupos definen lo que hay que ver, cómo entretenerse y cuál es la agenda noticiosa importante en todo el mundo: de Japón a China, de América Latina a Africa, de Medio Oriente a Europa oriental y, por supuesto en los Estados Unidos, Europa, Canadá y Australia (que constituyen el 60 por ciento de su mercado).

 

Controlan los contenidos audiovisuales (televisión, cine, internet) y las redes de distribución (televisión terrestre, cable y satelital), pero también los medios impresos (periódicos, revistas), la radio y la publicidad exterior. Ellos han impuesto el imperio del infoentretenimiento: la idea de mezclar la información “dura” con soft news, una mezcla de mundo del espectáculo, el cine, los deportes, las modas y la política. Su hegemonía es indudable, aún cuando existan iniciativas públicas (como la británica BBC) o alternativas informativas (como la cadena árabe Al Jazeera), su imperio se basa en el control de la distribución y del mercado comunicacional.

 

En América Latina, esta concentración global se refleja a escala. Son 9 grandes grupos los que definen en el continente el futuro de la industria mediática continental: los mexicanos Televisa y TV Azteca, los brasileños Globo y Folha, el argentino El Clarín, el chileno El Mercurio, el venezolano Grupo Cisneros, los colombianos Bavaria y El Tiempo. A estos consorcios se les suman dos grandes grupos españoles: Prisa y Recoletos, que se han convertido en los dos más importantes inversionistas de la última década, en lo que consideran el “nuevo desembarco”, es decir, la reconquista ibérica por el mercado de la información, la comunicación y el entretenimiento en América Latina. Más del 60 por ciento de los contenidos audiovisuales e informativos de estas empresas latinoamericanas reproducen y replican lo generado por los seis grandes grupos los controlan la industria mediática en el mundo.

 

Es difícil hablar del panorama de concentración mediática en América Latina sin tomar en cuenta al holding de medios impresos, radio y televisión más grande de España, el Grupo Prisa, que desde finales de la década de los noventa intensificó su presencia en América Latina, a través de sociedades con grupos fuertes, como Televisa, la expansión de sus editoriales Santillana, Planeta, Alfaguara y de la creación del Grupo Latino de Radiodifusión con sociedades en Colombia, México, Chile, Bolivia, Panamá, Costa Rica y Estados Unidos. Su “buque insignia”, como lo califica el propio grupo, es el periódico español El País, el de mayor tiraje en su país natal y con reediciones en países latinoamericanos como México y Buenos Aires[5], periódico por medio del cual, España se inmiscuye en los asuntos internos de cada país.

 

También hace parte del espectro de las dependencias, la cuestión militar[6]. Sin excepción, todas las instituciones armadas regionales, han sido formadas por potencias extranjeras. Desde el Siglo XIX Alemania, Francia y los Estados Unidos destacan por su participación en la formación de las fuerzas armadas de cada nación. A esas fuerzas armadas se les inculcaron tácticas, estrategias, reglamentos internos e ideologías. Sus armamentos, municiones, uniformes e insignias fueron homologados acorde a las exigencias estadounidenses. Los Estados Unidos, una vez terminada la Primera Guerra Mundial, ahondaron la dependencia de las fuerzas armadas latinoamericanas por medio de pactos, convenios, tratados y acuerdos. Resultados parciales de estas formas de dependencia son: la fallida profesionalización de los estamentos castrenses, la ideologización de los mismos a favor del estilo de vida estadounidense, la defensa a ultranza del statu quo, la participación en guerras de invasión. En una época los Estados Unidos fijaron como principal enemigo al comunismo, luego la droga y de manera reciente su peculiar idea de terrorismo.

 

Las fuerzas armadas latinoamericanas han sido puestas a combatir a dichos enemigos de manera secuencial y acumulada. Por esa vía, las fuerzas armadas latinoamericanas, pero con mayor realce las colombianas, terminaron librando batallas y guerras sin hidalguía, desprovistas de honor, sin decoro y sin ética. Su participación en asesinatos y masacres de civiles, así lo testifican. Su alianza con narcotraficantes en la organización de ejércitos paralelos, así lo corroboran. Sus zafios comportamientos generalizados, así lo evidencian. Varias fuerzas armadas de América Latina, llaman las de los Estados Unidos, “el hermano mayor”. Parte de la oficialidad colombiana no le teme tanto a los procesos disciplinarios o líos jurídicos por sus actos, sino a la cancelación de sus visas por parte de los Estados Unidos. Las siete bases militares estadounidenses en Colombia, son una prueba ineluctable de la condición de colonia de este país. No veo a ningún Sandino colombiano que emprenda una guerra patriota de liberación nacional, y expulse a las fuerzas invasoras como lo hizo aquél pequeño y frágil, pero formidable héroe nicaragüense, llamado Augusto César Sandino.

 

A las anteriores formas de dependencia, se suma la dependencia religiosa. En el marco de la Guerra Fría, los Estados Unidos facilitaron la invasión a América Latina de iglesias protestantes y evangélicas, cuyas misiones políticas consistieron en quebrar la voluntad de lucha de los sectores sociales populares y, de ese modo, desviar la atención de éstos sobre sus miserables condiciones de vida y disuadir sus eventuales participaciones en organizaciones políticas y sociales críticas del orden existente. Estas formas de dependencia espiritual tuvieron como dispositivos, creados ex profeso, a los denominados “Cuerpos de Paz” los cuales vuelven a Colombia en los próximos meses, el Instituto Lingüístico de Verano e Iglesias de la más variada condición. Estas iglesias terminaron apoyando dictaduras militares y favoreciendo proyectos políticos de derecha. Dictadores como Augusto Pinochet Ugarte, Alfredo Stroessner Matiauda y Efraín Ríos Montt, ante sus desavenencias con la Iglesia Católica, terminaron sus vidas amparados y defendidos por aquellas iglesias.

 

La Iglesia Católica se alió con el máximo líder del fascismo Benito Mussolini, para alcanzar beneficios particulares y hay pruebas de su participación en el traslado de criminales de guerra alemanes a Argentina, con pasaportes falsos, una vez terminó la Segunda Guerra Mundial. También la Iglesia Católica ha tenido sus cuotas de responsabilidad en la configuración del sombrío panorama de la América Latina y de la Colombia bicentenaria. El carlismo y el integrismo le sirvieron de base a la Iglesia Católica para considerar como pecado y delito a la ideología liberal. En esa materia específica, la Iglesia Católica colombiana azuzó a los conservadores para que asesinaran a los liberales mientras llamaba a la concordia, estigmatizó al comunismo, por medio de la educación coadyuvó a la formación de personas intolerantes, de manera abierta participó en política (hoy lo hace en privado y, en menor proporción en público), por medio de los confesionarios ejerció el control social, a través de sus orientaciones definió modas, gustos, usos del cuerpo, delimitó la cultura al censurar libros y participó y participa de manera protagónica en la educación de los colombianos, en un Estado supuestamente laico.

 

Este tipo de prácticas se encuentran en los textos de las Conferencias Episcopales de Colombia y de las Pastorales, de 1908 a 1953, expuestas en Acuerdos, Resoluciones, Normas, Declaraciones e Instrucciones[7].  La Iglesia Católica, oficialmente, apoyó la dictadura argentina encabezada por el general Jorge Rafael Videla. Justificó y defendió las torturas. Conoció los vuelos de la muerte y guardó silencio cómplice. En Honduras, participó abiertamente a favor del golpe de Estado contra el presidente José Manuel Zelaya Rosales y, en el contexto de la Guerra Fría actuó a favor de las dictaduras militares de corte derechista, entre ellas, la del general Gustavo Rojas Pinilla, en Colombia.

 

En lo referente a la dependencia política, todos los imperios determinan los horizontes políticos propios y de sus colonias. El imperio estadounidense regula la política latinoamericana y colombiana. Certifica a las colonias si cumplen o no cumplen sus decisiones. Premia a las colonias sumisas y castiga a las renuentes a acatar sus órdenes. Considera a Estados y regímenes políticos como no viables, como amenazas o como terroristas si intentan zafarse de la coyunda. El imperio se apoya en organismos de bolsillo para hacer más eficiente su dominio, como son la ONU y la OEA. Los embajadores estadounidenses actúan como gobernantes en la sombra. El imperio impone tratados de extradición asimétricos. El consumismo desaforado y la descomposición social de sus nacionales expresada en la drogadicción, suponen la destrucción del ambiente en las colonias y mantienen guerras internas. Los legisladores de las colonias tejen con filigrana las decisiones para no incomodar al imperio.  El desarrollo, como espejismo, ha sido convertido en una ideología antisubversiva, al ignorar que el subdesarrollo es un proceso histórico autónomo y no una etapa por la que deban haber pasado, necesariamente, las economías que ya alcanzaron un grado superior del mismo.

 

Las dependencias académicas y científicas avanzan al unísono. Los imperios le suministraron a sus colonias las teorías, los métodos, los paradigmas, los procedimientos y las modas del mundo académico. Lo anterior, unido a otros factores como la temprana obsolescencia de los intelectuales latinoamericanos y colombianos, su pobreza material y, en algunos casos la indigencia intelectual, ha hecho que aquellos se conviertan, mayoritariamente, en consumidores de conocimientos producidos en otros mundos y su papel es el dosificadores de un conocimiento que no les pertenece. Peligrosamente en el ámbito universitario colombiano se impone “El derecho a ser mediocre”, en el sentido de hacer lo mínimo y esperar pacientemente la pensión. En el ámbito latinoamericano, Colombia registra uno de los más bajos índices de académicos con título de doctor. Pero en este país de fantoches, simuladores, impostores, mediocres y cínicos, a cualquiera que acredite la formación universitaria básica, independientemente de su calidad, se le llama doctor, y éste no corrige, por el contrario, encantado acepta tal título sin poseerlo, ni merecerlo.

 

Estos fenómenos están emparentados con prácticas comunes propias de la mayoría de los habitantes de este país, como son la preponderancia de las mentalidades crapulosas, la ausencia de una ética del trabajo, la búsqueda frenética de grandes fortunas de manera rápida y fácil (el fenómeno de las pirámides así lo testifican), campea la ley del atajo, la razón cínica prevalece sobre la razón dialógica y en cada colombiano hay un guaquero en potencia. Masivamente le atribuyen poderes mágicos y especiales para la solución de problemas a la pata del conejo, al ajo macho, a la Cruz de Caravaca, al agua bendita, a la mata de sábila detrás de las puertas, a los limones entre los bolsillos, al canto de ciertas aves, a la presencia intempestiva de grillos y mariposas en lugares poco habituales y a la herradura botada por un equino. Recurren a pitonisas, a hechiceros, a brujos y a sacerdotes como mediadores ante los poderes divinos y se guían por el tarot y el horóscopo. El guerrillero, el paramilitar, el soldado y el delincuente común antes de ejecutar a sus víctimas, invocan a su santo de devoción. Alguien con acierto afirmó que Colombia, es un país no viable.   

 

En esta reflexión no se pueden dejar de lado a las izquierdas, las cuales, por su misma naturaleza de sus ideologías, serían las más indicadas para romper con todas las dependencias señaladas. Pero qué decepción. La entonces Unión Soviética, entre 1917 y 1990, intentó dislocar el eje de dominación estadounidense sobre América Latina, para ocupar su lugar. Las izquierdas latinoamericanas y colombianas hicieron del marxismo, del troskismo, del maoísmo y del guevarismo, auténticos aquelarres, los ideólogos se convirtieron en misioneros, las sedes políticas trasmutaron a capillas doctrineras. Los partidos comunistas latinoamericanos fueron y son insuficientemente marxistas y dialécticos[8]. Cada uno estableció sus líneas de dependencia, bien frente a Moscú, Pekín, Albania o La Habana. Esas ideologías, pretendidamente revolucionarias, fueron instrumentalizadas, sacralizadas, fueron convertidas en dogmas y, a la usanza de la Iglesia Católica que torturó y mató a los denominados “herejes”; los disidentes fueron apaleados en las calles, los que tuvieron suerte, los que no, fueron ejecutados. La paranoia y el fundamentalismo en la búsqueda incesante del purismo ideológico y del transitar por la “línea correcta”, supusieron purgas, destierros, masacres y asesinatos selectivos. La controversia chino-soviética, tuvo sus ventrílocuos en Colombia y, esos, sabiéndose iluminados, actuaron como ayatolas, se apedrearon y se apalearon donde quiera que se encontraban.

 

En el caso particular de Colombia, las peculiares lecturas del materialismo histórico y dialéctico y de los pensadores revolucionarios, estimularon, de manera subjetiva, la aparición de organizaciones guerrilleras de izquierda marxista, a partir de la administración del payanés conservador Guillermo León Valencia, a quien le otorgaron el rimbombante y estrambótico título de “Gran Paladín de la Democracia”, por demás que inmerecido. Desde entonces, organizaciones guerrilleras como el ELN, las FARC, el EPL, y posteriormente el ADO, el M-19 emularon por su mediocridad en el alcance de sus propósitos. Su fundamentalismo y su miopía política las hundieron como alternativas de poder y comparten con la Iglesia Católica, con las organizaciones paramilitares, con las Fuerzas Armadas y con las elites plutocráticas, el ser determinadores de las violencias y de la degradación de las mismas. Entonces, ¿de cuál independencia se está hablando?

 

 

La reconquista española.

 

 

Uno de los rasgos definitorios de la novísima versión de la globalización por la que atraviesa el mundo, es la multipolaridad. La terminación de la Guerra Fría, supuso un nuevo contexto geopolítico, en el que América Latina volvió a quedar como objeto y no sujeto de la historia. España clavó la mirada en sus antiguas colonias y decidió volver con renovados bríos. En 1999 se cumplió un nuevo hito en la historia de las relaciones entre España e Iberoamérica. El acelerado crecimiento de las inversiones españolas en América Latina, hace suponer que estas hayan podido superar a las norteamericanas. Esto situaría a España como el primer inversor en la región, cosa que seguramente no ocurría desde la época colonial.

 

Desde finales de ese año, el mundo anglosajón se muestra inquieto ante la creciente importancia de las inversiones españolas en América Latina. Medios especializados como Time, Washington Post, Financial Time, Wall Street Journal y The Economist se han hecho eco de esta inquietud y han venido difundiendo extensas informaciones, reportajes, análisis o artículos sobre este tema que han girado alrededor del juego histórico de la reconquista, la nueva conquista o los nuevos conquistadores. Las empresas españolas han traído subida de tarifas, despidos masivos y grandes ganancias[9], especialmente en cuatro sectores clave del nuevo panorama económico regional, como son la banca, la electricidad, la energía y las telecomunicaciones. Empresas como Telefónica, Endesa, Iberdrola, Repsol, Gas Natural, Unión FENOSA, el Banco Santander Central Hispano (SCH) y Banco Bilbao Vizcaya Argentaria (BBVA) llegaron al continente atraídos por una cultura y un idioma común, una coyuntura internacional favorable y el proceso de privatización que tuvo lugar en la mayoría de países latinoamericanos.

 

En 1998, por primera vez en el Siglo XX y lo que va del XXI, los capitales europeos desplazaron a los norteamericanos en Chile, Brasil y Argentina. Si bien, las políticas de ajustes estructurales impuestas por   el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional a la economía global son tuteladas por los Estados Unidos, es Europa quien las ha aprovechado mejor en los últimos 20 años. Del conjunto de capitales europeos que ordenan la economía chilena, el 50 %, es español. Es así como el agua potable es controlada por el grupo Barcelona; las telecomunicaciones por Telefónica; y la electricidad por Endesa. En la industria bancaria, el Banco Santander y el BBVA, suman más de la mitad del mercado financiero que existe en el país. El 90 % de los capitales españoles se explican apenas por 8 empresas.

 

Las empresas nacionales que fueron vendidas durante los gobiernos de la Concertación y antes por la dictadura, se entregaron a precios bajísimos. Sin contar que previo a la venta, el Estado se encargó de las deudas de las empresas, disciplinó la fuerza laboral, despidió trabajadores y fragmentó los sindicatos. Es decir, pasó las empresas “sanitas” para la explotación europea. Estas prácticas permiten explicar cómo el capital español acumuló tanto en tan poco tiempo. “Chile, en términos proporcionales es el país latinoamericano con mayor presencia de capitales extranjeros. Aquí no hubo ninguna defensa de la industria nacional: se vendió todo”[10].

 

Con ingresos que van desde los casi 18 mil millones de dólares (MAPFRE) hasta los casi 90 mil millones (Banco Santander Central Hispano) que engrosaron las arcas de las empresas españolas en 2008, las compañías de ese origen tienen una poderosa herramienta frente a gobiernos negligentes o cómplices para depredar el medio ambiente. En un informe elaborado por GREENPEACE de España se precisan algunas de estas acciones que llevan adelante los nuevos conquistadores. Vayan algunos casos para graficar el tamaño del desastre.


La REPSOL, que en 2008 tuvo ingresos por 67.006 millones de dólares (que le posibilitó ubicarse en el puesto 92 del Fortune Global 500), puso en peligro de intoxicación a millones de argentinos por la presencia de 3 mil pozos sin sellar en Argentina; efectuó arbitrarias operaciones en territorio indígena en Bolivia sin consultar a esas comunidades y derramó más de 14 mil barriles de petróleo en el Río Amazonas. La compañía eléctrica ENDESA, con 30.018 millones de dólares en su bolsillo (en la lista del Fortune se encuentra en el puesto 258), tiene la intención de construir en la Patagonia varias represas hidroeléctricas que inundarían miles de hectáreas en un territorio completamente virgen.


Otra eléctrica, UNIÓN FENOSA e IBERDROLA, cuyos ingresos ascendieron a los 23.910 millones de dólares (339 en el escalafón), planea construir centrales térmicas y de gas en América Central y, en especial, cinco centrales de carbón en Guatemala. Las cadenas hoteleras Sol Meliá, Riu y NH, son acusadas de tratar de replicar  el modelo de sol y playa masivo de la costa española en zonas vírgenes de América Latina, de arrasar selvas, acabar con dunas costeras y devastar manglares. Tampoco quedan bien parados los Bancos Santander y BBVA por su apoyo a numerosos proyectos relacionados con la deforestación amazónica, la degradación ambiental y el aumento de la pobreza en familias que han sido desplazadas.


La pesca, de la mano de la empresa PESCANOVA, sufre la sobreexplotación de especies como la merluza blanca y el congrio dorado de Chile, además de otras prácticas cuestionables en acuicultura. Toda una larga lista donde el denominador común es la depredación de los recursos naturales y los ecosistemas. Una nueva fiebre de El Dorado llegó hasta las narices de los insaciables grupos económicos peninsulares. Nuevas economías de enclave. Nuevos ecocidios y etnocidios, en esta ocasión, en el contexto geopolítico del
llamado Consenso de Washington.

 

El Consenso de Washington consistió en una lista de medidas de política económica que sirvieron para guiar a estos nuevos gobiernos (resultados de las transiciones) y a las instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) para “valorar los avances en materia económica de los primeros al pedir ayuda a los segundos”. Los fines del Consenso eran, entre otros, alcanzar un marco económico equilibrado y estable, un sector público y privado eficiente, reducir el tamaño del Estado, buscar una mayor orientación hacia el exterior y la puesta en marcha de políticas para combatir la pobreza.

 

Con la implementación de estas medidas en los años 90 se consiguió que la mayoría de los países obtuvieran aceptables resultados macroeconómicos. La inflación supuestamente se redujo a un dígito en todos los países y los aranceles que descendieron drásticamente. De todo ello resultó un incremento del flujo de capitales hacia la región de una manera nunca experimentada hasta el momento; en 1990 llegaban 14 mil millones de dólares y, en 1997, la cifra aumentó hasta 86 mil millones de dólares.

 

El Consenso de Washington quería erradicar la pobreza, pero la aumentó. En el momento en que se dio comienzo al Consenso de Washington, España no contaba ni con la experiencia internacional suficiente y ni se trataba de una de las primeras economías europeas. Sus empresas tampoco eran las más floridas del continente y, para colmo, competían con compañías y grupos empresariales del más alto nivel mundial.

 

La estrategia inversora llevada a cabo por bancos y empresas españolas en América Latina, fue una respuesta a la creciente globalización que exigía a las empresas aumentar su tamaño. Con la entrada en América Latina, estas empresas conseguían este objetivo y, además, liderar mercados estratégicos de las respectivas economías nacionales. Las empresas españolas optaron por concebir a América Latina como una extensión de su mercado nacional, introduciendo los mismos productos que en España pero adaptándolos al mercado de cada país.

 

Así como España hace 500 años apeló a un arsenal de argumentos de distinta procedencia para explicar y justificar sus acciones y contó con la complicidad de algunas autoridades, hoy, también señala los motivos de su reconquista y tiene sus cómplices. Parte de su argumentación es producida por la “Fundación para el Análisis y Estudios Sociales”, liderada por José María Aznar, en uno de cuyos documentos, titulado “América Latina: una Agenda para la Libertad”, se encuentran apreciaciones del siguiente tenor.

 

América Latina es parte de Occidente, de Europa, de España. América Latina es parte sustancial de Occidente.  De esa parte del mundo que hunde sus raíces en la tradición clásica grecolatina, que se ha desarrollado por el cristianismo, que se ve iluminado por las luces de la Ilustración y que prospera gracias a la economía de libre mercado. Los españoles no podemos ser indiferentes al futuro de América Latina, ni podemos inhibirnos ante la disyuntiva a la que se enfrenta.  España no puede limitarse a ser un espectador imparcial. España debe reclamar sin ambages el cumplimiento de aquellos principios y el respeto de los acuerdos internacionales que afectan a sus intereses.

Durante décadas de gobierno paternalista, la combinación de gratuidad, falta de incentivos e insuficiencia de la inversión pública terminaron por lastrar las mejores universidades y a partir de ahí el conjunto de los sistemas de instrucción en América Latina. La total libertad para el capital podría ayudar. La ausencia de libertad económica se convierte en campo abonado para la pobreza y, sensu contrario, la libertad económica actúa como la mejor de las terapias para la erradicación de la pobreza. 

América Latina tiene mucho que ganar con un comercio libre con el resto del mundo.  Y tiene mucho que perder con un proteccionismo que sólo responde a los intereses particulares de determinadas minorías y perjudica a la mayoría de los ciudadanos. Las expropiaciones estatales, en cualquiera de sus modalidades, actúan como un potentísimo factor disuasorio de las inversiones. También, los países de América Latina deben renunciar a su potestad soberana de decidir con sus tribunales las controversias sobre sus contratos de interés público: cualquier ciudadano o empresa debe tener garantizados sus derechos de propiedad y que los contratos libremente celebrados se cumplan, recurriendo, si es menester, a tribunales de justicia independientes. América Latina debe cooperar en materia de seguridad y lucha contra el terrorismo internacional junto a Europa y América del Norte, mediante la creación de una asociación estratégica entre la OTAN y Colombia.  Asimismo con aquellos otros países latinoamericanos que deseen sumarse a ella[11].

 

Al arribar a los 200 años de la supuesta independencia, no todo está perdido. Hay luces al final del túnel. Se han hecho notables esfuerzos intelectuales para dotar a América Latina de un pensamiento propio, crítico, pertinente, versátil e incluyente. Basta señalar una frondosa pléyade de intelectuales e ideas, como el liberalismo humanista de Gerardo Molina, el marxismo vital de Antonio García Nossa, la idea de cristianismo de lo que fue el Grupo Golconda y la Teología de la Liberación, las teorías sociales y económicas de Alonso Aguilar Monteverde, José Consuegra y Leopoldo Zea, entre otros. Tales esfuerzos están orientados a romper los “espejos deformantes” denunciados por el historiador Guido Barona Becerra, por medio de los cuales hemos conocido nuestras culturas. Se trata de construir, sin renunciar a las experiencias, ajenas y propias, “espejos propios” que no nos distorsionen las praxis cognitivas.  

 

Pues en el campo de las responsabilidades éticas, el historiador debe contribuir a la creación de valores. En el ámbito de las responsabilidades políticas, están las de dotar a sus conciudadanos de identidad y de orientar el conocimiento de un pasado común que les permita fundar proyectos colectivos para sus luchas, las de organizar el pasado en función del presente y facilitar la comprensión del mismo. La muerte intelectual es una amenaza latente entre los historiadores, pues es agradable disfrutar de una ocupación cuyas horas son cortas, las vacaciones largas y la seguridad en el puesto tan absoluta que ni la pereza ni la decrepitud podrán hacer que uno pierda su trabajo. En las Ciencias Humanas y Sociales es posible continuar incluso cuando se está ciego, sordo, semiparalítico y uno ha olvidado casi todo lo que sabía. Si una persona se vuelve loca de una manera no demasiado obvia y todavía es capaz de emitir sonidos reconocibles, tiene una buena posibilidad de que se le salude como descubridora de verdades insondables.

 

Uno de los más peligrosos y difundidos mitos de las Ciencias Humanas y Sociales es la creencia de que sus teorías y métodos son universales y de que su validez desborda los marcos de los espacios culturales y de los procesos históricos[12]. El historiador y en general el profesional de las Ciencias Humanas y Sociales, debe acentuar su rol crítico frente a las dependencias atrás referidas, defender la identidad de sus pueblos, crear líneas de pensamiento para que no sea del norte de donde éste y las ideas vengan ya enlatadas o precocidas para ser rumiadas por los intelectuales del sur que las sirven ya digeridas al pueblo, pues uno de los mitos sobre los que se asienta la dominación, es, justamente, el de la presunta validez universal de los métodos y las teorías. En ese mismo horizonte, también debe contribuir a crear nuevas categorías, nuevos valores y conceptos, que permitan comprender la compleja trama de los pueblos de América Latina. Imaginar modelos sociales y políticos alternativos, posibles y ejecutables que sirvan de guía a los pueblos, y no de trampa que los enfrente a la muerte, también es parte de la responsabilidad del historiador frente a los fenómenos de las dependencias.

 

Ser críticos de todas las formas de poder, es lo más decente. Críticos de la miseria en que viven la mayoría de nuestras sociedades y de la riqueza en que se ahogan minorías, críticos de los poderosos y de sus víctimas que besan las cadenas que los oprimen. El historiador debe ayudar al conocimiento de la realidad, criticar el orden establecido, no puede ni debe renunciar a la responsabilidad de la búsqueda y formulación de alternativas de cambio y de reforma de nuestras sociedades y para ello se requiere que sea una voz independiente. Ser independiente supone la capacidad, en primera instancia, de revisar en forma permanente y crítica su condición y el sentido de su trabajo y, en segundo lugar, someter al libre examen los fenómenos sociales. Esta podría ser una vía para la independencia, mientras tanto, sueñen que son independientes.

 

 

 



[1] García, Antonio. Dialéctica de la democracia. Bogotá: Cruz del Sur. 1971, 20.

[2] Aguilar, Alonso. Orígenes del subdesarrollo. Bogotá: Plaza & Janes. 1982, 62.

[3] Furtado, Celso. Obras escogidas. Bogotá: Plaza & Janes. 1985, 171.

[4] Evers, Tilman. El Estado en la periferia capitalista. México: Tercer Mundo Editores. 3 edición. 1985, 71.

[5] Villamil, Jenaro. América Latina y las Corporaciones Globales: Entre Telenovelas y Mickey Mouse, la Concentración Mediática.

http://jenarovillamil.wordpress.com/21/04/2010.

[6] Velásquez Rivera, Edgar. Historia Comparada de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Bogotá: Antropos Ltda. 2009, 73.

[7] Conferencias episcopales de Colombia. Tomo I. 1908-1953. Bogotá: Editorial El Catolicismo. 1956, 268.

[8] Ribeiro, Darcy. El dilema de América Latina. México: Siglo XXI. 10 edición. 1982, 241.

[9] Casas Gragea, Angel María. La vuelta de España a América Latina ¿reconquista o comunidad de intereses? En: Comentario Internacional. Revista del Centro Andino de Estudios Internacionales. Número 1, I semestre, Qutio, 2001, 133-142.

[10] Figueroa Cornejo, Andrés. La reconquista española en el Siglo XXI. En: alainet.org/23/04/2010.

[11] Britto García, Luis. Reconquista española y bicentenario de la independencia. En: alainet.org/01/03/2010.

[12] García, Antonio. Atraso y dependencia en América Latina. Buenos Aires: El Ateneo. 1972, 1.

 

 

 

 
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