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Guillermo D. Contreras

2012 - 2013 

 

 

La noche

 

            La noche está afuera, en el piso del hospital las luces permanecen encendidas. Los médicos que no tienen buen trato con la noche no la quieren dentro de su reino. Cuca intenta descansar, pide agua que le alcanzo poniendo en su lengua unas pocas gotas, aún no puede tragar sin que se le escurra por donde debiera pasar solo aire, y le provoca tos. La miro, indefensa, apenas arrancando de nuevo luego de veintitantos días en terapia intensiva. Ella  tal vez nunca lo recuerde, pero después de la operación de reemplazo de válvula que le hicieran aquí los médicos de la Fundación Favaloro, fueron tres semanas de respirador, marcapasos, sondas, masajes y mil maniobras para lograr que su cuerpo vuelva a funcionar, con sus ochenta y cuatro años ella puso todas las ganas para salir, pero apenas alcanzaba. La ciencia complementó su esfuerzo. Quiere girar en la cama, me pide ayuda, llamo a la enfermera. Cuando viene aprovecho a salir al pasillo. Gladys me contaba que cuando cuidaba a su padre en el hospital ella aprovechaba para charlar con los que acompañaban a otros enfermos, fumarse un cigarrillo y charlar. Salí del cuarto, pero el pasillo iluminado hasta el último rincón con sus pisos rabiosamente lustrados estaba desértico y silencioso.

           

            Volví a la habitación, Cuca ya acomodada de costado aprovechó a dormir un buen rato, yo silenciosamente apagué la TV y también me dispuse a dormir lo que me permitiera el descanso de ella. -Dame agua- desperté como sobresaltado, me acerqué, la miré, dormía. Busque igual la jeringa para darle agua, pero no era ella, tal vez soñé esperando me despierte. Gladys dice que siempre hay quien acompaña a otros , el piso tenía más de veinte habitaciones, pero no se veía movimiento, en cuanto pueda vuelvo a salir a ver si encuentro alguien.

 

            La noche pasó como un tren que lentamente llega a la estación y pasan sus ventanas, caras, manos que saludan pasaban entre sueños y gotas de agua. A las cinco de la madrugada, me despierta y me pide que la cambien, botón amarillo, viene la enfermera y me dice -voy a aprovechar al cambiarla para darle un baño.

 

            Otra vez al pasillo, salgo, vacío, camino siguiendo las líneas de las baldosas, voy al fondo del pasillo, vuelvo, miro, nadie. Me apoyo en la pared, escucho a la enfermera decirle a cuca que se gire, la están cambiando y escucho pasos. Al pasillo, de una habitación del medio, sale una paciente, la reconozco como tal porque lleva la bata verde que se les provee a los enfermos, con pantuflas camina lento hacia el fondo del corredor, gira, regresa lento con paso de alguien que no va a ningún lado, se me acerca. ¿La abuela es su madre? Me pregunta, –Si – Le respondo y le cuento que hace varias semanas que está, que pasó por terapia, que esta mejor pero falta, le pregunto ¿ –Usted, como anda? –, mientras le pregunto veo que otras dos enfermeras entran a la habitación de mi madre, me preocupa pero sigo preguntando –¿La operaron? – me responde –También fue un cambio de válvula pero hace dos meses, lo que pasa que se me complicó con una infección, me operó el doctor Favaloro, ahora esta de vacaciones, – pienso que el doctor Favaloro falleció hace varios años, me parece que esta mujer esta confundida –  pero la doctora me dijo que en unos días me da el alta- siguió tranquilamente.

 

            Se dio vuelta y repitiendo sus pasos de juego de la oca, volvió a su habitación, cerró la puerta, y el silencio otra vez. Salen las tres enfermeras juntas, –Ya está, puede pasar, su madre está bañada y se va a dormir otro rato- Rápidamente trato de llamar la atención de ellas pero solo la última me mira.

 

            -¿Por qué entraron de a tres, tuvieron algún problema con mi madre?

 

            Me sonrió, acercó su mano a mi hombro y dijo –No su madre no tuvo inconvenientes, fuimos las tres para ayudar porque en el piso ya no quedan enfermos, como está sólo su madre  las enfermeras  estamos libres.

 

                                               Gui

El Pueblo

 

No queda otra opción, si quiere comprobarlo debe intentar salir del pueblo. Salió de la casa lentamente, miro el hogar, encendido desde la mañana, sus últimas brazas encendidas, levantó un libro que por la siesta revisaba, no llegó a leerlo, pero terminó debajo del sillón, seguro antes de dormirse un rato. Buscó las llaves del auto, buscó también un abrigo y la mochila, en ella puso el celular, documentos, monedas, caramelos.

Salió a la calle, ya el sol se escondía detrás de las casas, la noche se anunciaba en el cielo enrojecido. Miro hacia la salida del pueblo, a pocas cuadras de su casa terminaban las luces del pueblo, y más allá nada, solo oscuridad. 

Subió al auto, revisó el cinturón, se lo puso. Pasó instintivamente la mano por sobre el frente, sacó el polvo detrás del volante y lo puso en marcha. Avanzó lentamente por la avenida, solo cuatro cuadras lo separaban del fin del pueblo,  y esa frontera asustaba.

No cambió la velocidad, parecía no querer llegar al fin del pueblo, comienzo de la ruta. En verdad nadie sabía que había más allá. Lo había pensado mucho y hoy lo quería averiguar. Años que la familia le había enseñado el miedo a la nada que existía más allá del fin del pueblo. Pero antes de salir decidió bajar en el bar, cien metros antes de la ruta, ahí los más atrevidos se acercaban aunque más no sea a mirar.

Entró al bar, pidió un vaso de vino, una pareja tomaba mirando la salida del pueblo, tal vez en unos meses se atrevan a largarse, hoy solo miran. Otro ya pasado de vino, llevaba tomando meses, desde que se dio cuenta que nunca se atrevería a largarse. Ahora solo le queda tomar y ver como otros tampoco lo deciden.

En la barra una chica con la mochila apoyada a sus pies era la imagen justa de quien se está yendo. La miró bien y no era la mochila lo que llamó su atención, eran sus ojos caramelos de miel, y toda ella era la chica que nadie dejaría de ver, llevaba un vestido suelto y todo en ella era erotismo, hasta al llevar el vaso a la boca él detuvo su paso y tardó un poco más en llegar a su lado, de paso seguía teniendo perspectiva para admirarla. Se sentó a su lado, no se habría atrevido nunca a romper el encanto del silencio. Ella lo miro a los ojos, él tembló más que ante la ruta, -me llevas- dijo como si supiera todo de él. No contestó, tomó el resto del vino, se agachó, tomo la mochila de ella, recién ahí la miro fijo, sus ojos lo demolían, todo su cuerpo se filtraba por ellos y caía en una nada parecida a la esperada fuera del pueblo.

Una vez en el auto, puso la mochila de ella en el asiento trasero, ella subió, se acomodó  moviendo ágilmente las caderas, es lo que él notó, y el vestido acompañó el movimiento levantándose lo suficiente para ver y admirar unas piernas jóvenes y frescas, suaves y fuertes, la admiración hacía su visión casi en una creencia religiosa, ante él una diosa lo acompañaría en su salida a la nada prometida.

El auto avanzó, última calle de luz, de reojo no dejaba de mirarla, ya no sus ojos por la imposibilidad de ubicación de ambos, pero si sus piernas, la calidez de la vida lo acompañaba. Pero al llegar al límite del pueblo, casi sin darse cuenta bajó la velocidad de marcha casi a ser un movimiento lento imperceptible. En ese momento la miró, ella giró su cabeza y se miraron fijamente, ella viendo que flaqueaba se acercó más y le dio un beso en la mejilla, casi en el labio, él sintió el calor de su boca y tomó el último aliento que necesitaba, su pie apretó el acelerador y el auto se largó a la ruta. De repente solo se veía la luz que salía del auto, fuera de él nada, oscuridad total. El andar del auto solo tenía en chispeo del golpe de algunos bichos en él para-brisa, algunos tan grandes que provocaban un movimiento de evitarlos que los hacía cabecear en falso. Ella sonreía, el se relajaba. Trataba de adivinar que había más allá de la oscuridad, imaginaba gente escondida, animales primero vacas típicas de los campos, después imaginó animales más peligrosos, algunos fantásticos como dragones alados.

El auto seguía su marcha que en la ruta parecía lenta pero siempre cerca del máximo permitido. Pensó  no parece tan terrible, ya salimos hace horas, no vemos nada, pero no pasó nada. Recordó que no había vuelto a mirarla, pensó en sus ojos, en su cadera, sus piernas y giró diciéndole algo, vió sus ojos hundidos en su rostro, rostro seco, apagado, los ojos vacios. Los cabellos eléctricos, sin piel su cara ya no existía, de uno de sus ojos salía una avispa, llevaba meses muerta, eso seguro. Levantó la cabeza y con una boca sin dientes echó una carcajada que quebró la noche.

GUI

 

 

Banalidad

 

Primer martes del mes de marzo, las mañanas comienzan a tener una temperatura agradable. De apoco, hace días, comenzó a alejarse el calor terrible del verano, ya el otoño da vuelta a la esquina.

            El viaje a la capital me toma en tren una hora y minutos, para esa hora de tren llevo una revista que seleccioné especialmente anoche de entre muchas. Ya sentado cambie los lentes de calle por los de leer y abrí la revista, nota central “Lisandro de La torre”, el viaje se hizo rápido entre mi recorrida por la argentina de fines del 1800, de la actividad política de Don Lisandro, y fui entrando en las disertaciones que dio y las cartas que escribió antes de suicidarse en 1939.

Hombre del que no se resalta su ideología, ni su partido, en realidad es ejemplo de honradez y compromiso con el país. Para cuando renunció a su banca estaba quebrado económicamente, perdía su estancia acuciado de deudas, había sido la voz firme contra la corrupción en la venta de carnes, corrupción de la que se beneficiaron las familias acaudaladas y el poder político.

            A la izquierda de mi ventana ya percibo la villa 31, caserío que anuncia la pronta llegada a la estación Retiro, al centro de la ciudad de Buenos Aires. Como para llegar a la oficina tengo que tomar el colectivo, guardo momentáneamente la revista y cambio los lentes. Actitud que deshago rápidamente al sentarme en el colectivo, deseoso de seguir leyendo el pensamiento de un hombre honrado ante la decisión de su muerte.

Al lado mío, en el colectivo, con vos demasiado fuerte como para ignorarla una mujer habla por celular. – Si mamá te sacan grasa de los rollos de la panza, la licuan y te la ponen donde la necesites, en las lolas, en la cola…–  Yo intentaba seguir el hilo dl pensamiento de Don Lisandro sobre la barbaridad del fascismo, año 39, sobre el  apoyo de la Iglesia a esos estados, sobre que no quería hacer mal a nadie pero ya no podía seguir viviendo. –Si mamá, me lo hago, cuesta 3, pero ya no voy a tener que ponerme la remera en la playa como tuve que hacer en Brasil, es genial, es lo más…–

Un viaje, lectura, entorno de teatro y entendí lo que decía Don Lisandro, y porque se fue.

 

Gui

 

 

 
 
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