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2do puesto "Concurso revista Guia Palomar 2006"  
Edición en "Guia Palomar"
Reportaje

 

         

            –En algún lugar hay puertas– decía, y se quedaba mirando lejos a través de las ventanas con esos ojos que yo amaba y temía, para regresar tiempo después a la serenidad  de nuestros días allá en Barcelona. La tarde caía sobre la avenida.

        No se porque recuerdo eso ahora, será porque la tarde cae lenta como entonces y yo miro sin ver hacia Wernicke ensayando respuestas.

        Es difícil decir exactamente como nació la idea, probablemente de alguna especie de impronta nacional, del desarraigo o de la voz de Carlitos Gardel vibrando de la cubierta del barco: “Yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando mi retorno...”   

        Volver, la palabra fue instalándose de a poco en nuestras conversaciones, filtrándose como una gotera entre los relatos de las aventuras que emprendíamos en la siempre difícil tarea de conseguir yerba para el mate.

        Volver, como una mancha de humedad, extendiéndose sobre las noticias del Clarín o los mensajes de los amigos.

        Carlitos cantaba cada vez con mayor intensidad. Fue así que vendimos las cosas, asistimos a las despedidas y traspusimos el aeropuerto con apenas seis valijas (apretado compendio de nuestra historia). Y siguió cantando cuando aterrizamos por fin en un departamento ubicado en la esquina de Zeyen y Wernicke, otra vez el colchón en el suelo a modo de alfombra mágica.

        Lo que sucedió después fue confuso, como si una gran distancia se hubiera interpuesto entre nosotros, él permanecía mucho tiempo en silencio y por las tardes emprendía largas caminatas por Ciudad Jardín. A veces, yo lo acompañaba.

        Esa tarde llegamos hasta Udet, bordeamos lo que una vez fue una quinta y al llegar a Torrealday nos detuvimos. –Aquí– decía –dibujábamos pistas de autos de esquina a esquina– y miraba fijo al pavimento como esperando encontrar alguna señal, alguna marca de tiza que hubiera resistido al tiempo, alguna flecha que aun marcara la dirección a seguir.

        Cruzamos Matienzo y avanzamos por Boulevard Finca en dirección a la zona de los edificios.

Carlitos seguía cantando: “Pero el viajero que huye....” caminamos por Pensamientos, doblamos en Paraísos, lo recuerdo bien, y después avanzamos algunas cuadras por Wernicke bajo el amparo de los eucaliptus.

Él comentaba que en otros tiempos los chicos se reunían a jugar a la pelota en estos terrenos y que las construcciones apenas comenzadas se erguían como esqueletos.

Tomamos una cortada, a ambos lados del camino el césped lucía verde, las enredaderas se entrelazaban formando figuras y el olor de los jazmines flotaba en el aire.

Cuando llegamos a nuestro edificio me adelanté unos metros,  a mis espaldas podía escuchar el sonido de sus pasos subiendo las escaleras, ocho escalones exactos hasta el primer descanso y luego otros treinta  hasta nuestro piso.

Pero cuando me detuve y giré para verlo, para decirle que al fin estábamos en casa solo pude entrever una sombra, un eco sordo, algo así como voces de niños jugando, el repicar de una pelota golpeando contra las paredes, y después, el ruido de una puerta que se cerraba para siempre.

  

   
Gladys

                                       

 

Gladys Ines Gribaldo

gribaldogladys@yahoo.com .ar

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