El silencio que no quiero   
 

   

Se despertó esa mañana sobresaltado, el silencio de esa mañana era aterrador. Él estaba acostumbrado a los ensordecedores rugidos de las turbinas previas al despegue, y a las alargadas canciones del pasar sobre su casa de los grandes supersónicos. Y esta mañana no hay ruidos, se levantó, caminó aturdido por el silencio y quiso abrir la canilla, tanteó el cepillo de dientes y tiró un perfume al suelo. Algo estaba mal esta mañana. Una vez que sintió la cara fresca, mojó un poco sus cabellos, se vio al espejo, los dientes, los bigotes, los ojos (como cristales rotos con líneas rojas) y recordó, no hay ruidos, el silencio es insoportable, ¿Qué pasará fuera de la casa?. Si es que pasa algo.

Tropezando con las chancletas mal puestas llegó a la habitación principal de la casa e intentó prender el radio, no funcionaba. Buscó el cable, estaba conectado. Tomó el control remoto y encendió la tele, brillos intermitentes indicaban que tampoco había tele. Un zumbido, salido de esta, alteró el silencio total que aplastaba la casa al fondo del barrio.

El teléfono, tal vez alguien conteste; tenía el llamador automático, lo encendió y miraba la pantalla alternar entre en mensaje “Llamando”  y “no contestan”, “llamando”, “no contestan”; y cada diez llamados la pregunta de “¿sigue la búsqueda?”.

Miró la casa vecina y no había signos de movimientos, tal vez todavía duerman. Pero aquí vino el primer indicio de que algo grande estaba pasando, al mirar la calle no había ningún movimiento, ni auto, ni bici, ni alguien caminando, sólo algunas hojas empujadas por el viento jugaban a ganarle.

Lo más difícil de sobrellevar era el terrible silencio que envolvía el lugar, casi como se había imaginado alguna vez la muerte. El silencio casi pasa a ser material, ocupa lugar, es espeso, gelatinoso, asqueroso. Es la angustia del faltante, la soledad, el llanto.

Corrió varias cuadras, no cruzó a nadie. Pasó las vías del tren sin mirar siquiera, ya daba por seguro que el tren tampoco pasaría. Dio vuelta en una esquina céntrica, ayer agolpados en el semáforo podías ver a los representantes de cada tipo de persona de las que puedas imaginar, hoy esquina hueca llena de nada, sin coches, sin gente sin ruidos. Giró rápidamente, encaró al segundo edificio, entró cruzó el hall y pasó frente a los ascensores. No intentó abordarlos, sabía que no andaban, subió las escaleras quince pisos, le llevo un rato. Agotado se apoyó en el picaporte antes de abrir la puerta. Verificó las llaves de Luz, se había caído la fuente. La conectó, encendió bien y luego pudo ir a la cámara cerrada. En la puerta decía “Salón holográfico”  y en la ficha verde decía “hologramas callejeros”, en la siguiente “aeropuerto”, “vecinos”, encendió todas, respiró.

 

Se apoyó en un escritorio, escuchó pasar el primer avión, escuchó una bocina, un ruido de radios y motores mezclados. La calle está viva otra vez. Queda claro que no puede vivir sin estar acompañado por sus pares. Él es el primer holograma logrado por  el Ordenador reproductor enviado a Marte hace unos años, antes de la guerra atómica donde el hombre agotó su futuro.

                                GUI

                                28 de Agosto de 2002

                                       

Guillermo Daniel Contreras

gcontreras@bigfoot.com

 

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