El Circulo 

                                                                                                                                                              2007

         

 

Bajó del 320 en Matienzo, y siguiendo las instrucciones de Carla, luego de preguntar a un anciano que paseaba su perro, subió por la calle Franco. 

Dos cuadras y chocás con una plaza, dijo Carla. Cruzás una placita, hacés una cuadra y ahí está la rotonda, la corrigió Leo. Es lo mismo, chocás con la plaza, repuso ella, lanzándole una mirada furiosa.

Daniel caminó por debajo de las galerías entorno a la rotonda, maravillándose con la humilde arquitectura de los cuatro edificios que rotaban ante sí, exhibiéndose idénticos. Gustaba de la ruptura que imponía el círculo en el mapa urbano.

Una línea de curvas simétricas, de única curva e infinitas curvas. Una sola línea que es la unidad de todas las líneas. Los círculos embelezaban su imaginación.

Se detuvo y observó la plaza, y una repentina y extraña sensación lo sobresaltó. Ante sí había dos personas y sólo se oía el tenso silencio del aire turbio que se respira en las ciudades. Frontalmente, una mujer mayor, inmóvil en el centro de la plaza, en el punto exacto donde confluyen sus cuatro caminos; detrás de ella, bajo la galería del edificio opuesto donde se encontraba él, en el punto diametralmente opuesto y en el punto extremo de una perfecta línea recta que unía a las tres personas; un hombre de similar estatura y de edad que no pudo determinar por su corta vista, observaba en su dirección. Aguardó inmóvil la falla en aquel espejo.

Al cabo de pocos segundos, el hombre giró sobre sí y se dirigió a la puerta del edificio que tenía detrás. Daniel oyó girar la llave a sus espaldas, se volvió y observó atónito como un hombre de su misma estatura salía del edificio. Giró rápidamente: el otro hombre ya no estaba, la puerta acabó de cerrarse y la mujer se sentó en un banco a un extremo de la plaza.

Lo pensó un momento y rechazó la idea sacudiendo la cabeza, y sin embargo, un temor involuntario impulsó sus pasos fuera del círculo hacia las calles que creyó rectas, y allí impuso la razón a sus piernas.

Azarosamente, habiendo perdido la orientación en la rotonda, giró a su derecha en la calle Libertad, como le indicó Carla. Por Libertad hasta Curtis, ahí a la izquierda, le dijo, y nuevamente Leo la corrigió. Ya sé que sólo se puede doblar a la izquierda, respondió Carla, sin contener más su enojo. Tomó a Daniel del brazo y lo llevó fuera de la oficina. En el pasillo continuó explicándole cómo llegar a su casa, ahora sonriente, dibujando las calles en el aire, zambullendo sus manos constantemente en su largo cabello enrulado. Él no prestó más atención a sus indicaciones y contestó cada gesto con ancha sonrisa desbordada. 

El verde preponderante, los árboles que la historia plantó, los amplios jardines de las grandes casas, todo allí como Carla dijo. Libertad serpenteaba en el bosque y Daniel se maravillaba e imaginaba futuros de mudanza, de días primaverales, de días otoñales; de Carla, tan llenos de Carla.

Matienzo nuevamente ante sí lo volvió del ensueño. Libertad acababa allí, en otra plaza de la que no le habían hecho referencia, como delta de mil calles, ninguna llamada Curtis.

Uy, pibe, agarraste para el otro lado. De la rotonda de la que venís, por Libertad, pero para el otro lado... ¿Por otro camino? No, lo mejor es que vuelvas por donde viniste... si querés podés agarrar por esa hasta Udet. Ahí doblás a la derecha y son...

Daniel oyó atentamente, algo confundido, y finalmente agradeció al señor. Éste, como aquel que le indicara al bajar del colectivo, se despidió deseándole mucha suerte.

Carla le hablaba, lo buscaba, reía con él. Sabía de sus problemas económicos pero no le importaban.

Ella es socialista, le gustan los trabajadores: ella es así. No busca un amigo de treinta y un años. Y si lo busca, yo soy el que no quiere una amiga de veintitrés ¡A esta altura de mi vida no estoy para andar boludeando con una pendeja! Encima no me va a invitar a su casa para tomar el té... y su relación con Leo es malísima, de eso estoy seguro. ¡Lo veo yo hasta a cien metros, mirá lo que te digo!

Sus compañeros de fábrica dudaban, pero no decían nada.

Dobló en Udet y siguió hasta llegar a Curtis, volviendo a girar a su izquierda, una cuadra hasta Patallo, de allí media cuadra hasta la numeración 1039.

Aún no había oscurecido cuando volvió a la calle. Saludó rápidamente a Leo, contrariado en la debilidad del enojo y el dolor. Tomó Curtis en alguna dirección y luego Saint Exupery, y luego Macias y nuevamente Curtis, y luego todas.

¿Le gusta eso: le gusta la guita, le gusta el auto nuevo? ¿Por eso se vende? Entonces que se quede con ese chupasangre. Ahora va a saber qué tan malo puedo ser ¡No me va a ver la cara nunca más! Y dice que es socialista... se llena la boca hablando de cambiar el mundo, que esto es una mierda... ¡callate la boca, traidora! Que los obreros somos la fuerza revolucionaria... ¡pero si andás con ese chupasangre, traidora! ¿Qué? ¿Te da vergüenza andar con un obrero? Andá con el de corbatita. A mí no me vuelve a ver. No, a mí no.

Daniel caminaba a destajo sin encontrar salida ni sitio que le sirviera de referencia, y el cielo comenzaba a oscurecer. Lamentó no haber escuchado las indicaciones de Carla cuando lo despidiera.

Te dije que me la tenía que sacar de la cabeza, pero qué querés que haga, me gustan estos juegos ¡No sabés cómo me gustan! Sí, parece que fuera masoquista pero me gusta... Ya sé que no tiene que salir conmigo para ser consecuente, pero no tiene porqué salir con ese hijo de puta. No conmigo, que salga con vos o con él, no tengo problema. Pero con ese chupasangre... Ya sé, pero yo me conozco, me conozco porque me pasa siempre. Es una buena piba pero un amigo no va a encontrar en mí. Ahora tengo que aplastarla, en mi cabeza tengo que aplastarla, tengo que ser indiferente. Tengo que odiarla, tiene que ser mi enemiga porque sino no me la saco de la cabeza... Ya sé, pero soy así, loco. O la amo o la odio.

Se detuvo perplejo, confundido ante la rotonda del inicio. Un círculo y cuatro calles, y no supo cuál tomar.

Capaz que me trató así porque estaba él... hoy está todo bien pero mañana pueden estar re-mal ¡Si viven peleando en la oficina de la fábrica!... Capaz que es pasajero...

La luna se alzaba y él sentía la brisa turbia en el pecho. Niños ingresaban por una esquina, vociferando y riendo, y salían por la otra, sordos, no oyendo sus súplicas desesperadas. Comenzó a caminar, como al comienzo, en círculo entorno a la plaza.

Pero quizás yo tengo la culpa, o sea, porque yo le dije que tenía mujer, que estaba muy bien con Pao. Capaz que por eso no me dice nada. Yo le dije que convivíamos hace tres años... quizás es por eso.

Caminando y caminando, lo contempló la luna desde lo alto, ya su corazón cadavérico, su cuerpo yacer en la vereda. No encontró Daniel en las esquinas la entrada ni la salida, y buscó en la luna esperanzas vanas, ese otro círculo de ancha e indefinida línea; que es a veces, también, de la estrechez de enceguecedores pasadizos blancos, insertos en la más profunda oscuridad del cielo. 

                                      Daniel

                                 

  

Daniel Ismael  Contreras

daniel_i_contreras@yahoo.com.ar

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