PROHIBIDO ARROJAR CADÁVERES AQUÍ
      Édgar Velásquez Rivera.

                                                         Doctor en Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile.

                                                                                              Profesor, Departamento de Historia, Universidad del Cauca. Popayán. Cauca. Colombia.

                                          Correo electrónico:  velasquezrivera@gmail.com

 

El lugar escogido para arrojar los cadáveres de las desafortunadas víctimas, los lunes, era la ribera de la quebrada, que los días viernes, sábados y domingos, se convertía en testigo de excepción del apareamiento entre parejas de bañistas, con el cual muy seguramente, se estaba garantizando la continuidad de la especie.

 

El escándalo por los cadáveres, que registraban usualmente un disparo a la altura del occipital izquierdo o en la yugular, maniatados y con los ojos y la boca entreabierta, sólo duraba hasta el martes, o hasta el miércoles, cuando el lunes era festivo. El sol, el agua, el viento, el sereno y el trasegar de personas y animales por el lugar escogido para arrojar cadáveres, se encargaban de borrar cualquier huella, imagen u olor que pudiera alejar a los furtivos bañistas de los fines de semana siguientes.

 

Las familias propietarias o encargadas de los pequeños negocios, en los que se expendían bebidas dulces y alcohólicas, alimentos ligeros, anticonceptivos de las más disímiles variedades, o que se ofrecían para preparar almuerzos especiales los fines de semana, alarmados por la macabra costumbre de arrojar cadáveres en el mismo lugar, optaron por fijar el siguiente aviso en el paraje: “Prohibido arrojar cadáveres aquí”, y como respuesta al mismo, desde entonces, ya no se arrojaba un cadáver por semana, sino tres o cuatro. Los cadáveres correspondían a drogadictos, homosexuales, lesbianas, pequeños delincuentes, dementes, mendigos, militantes de izquierda, sindicalistas y estudiantes, entre otros.

 

En aquella ciudad por entonces no había regulación alguna, en lo que respecta a la actividad de las funerarias. Así que los lunes o martes, según correspondiera, en las primeras horas de la mañana, las funerarias, cuyo número se calculaba en diez, se apostaban en el lugar y merodeaban como hienas hambrientas auscultando el sexo de las víctimas, características y posibles identidades.

 

Era tal la agresividad de los empleados de las funerarias por hacerse a uno o más cadáveres, que entre ellos, resultaban muy comunes las vociferaciones, las agresiones físicas y el daño a los vehículos de la competencia. Cuando los funcionarios encargados de constatar los crímenes llegaban al lugar, las funerarias ya se habían repartido los cadáveres y era autorizado su levantamiento  con una agilidad, directamente proporcional al clientelismo establecido entre unos y otros.

 

Los cuerpos sin vida solían ser arrojados entre la una y dos de la madrugada donde los únicos testigos presenciales eran los grillos, las aves nocturnas, la brisa, los perros del vecindario, las ranas y los peces de la quebrada. Las víctimas eran llevadas con vida al lugar de su ejecución, amordazados y golpeados para doblegarlos al tiempo que se les increpaba con toda suerte de improperios por su condición de drogadictos, homosexuales, lesbianas, pequeños delincuentes, dementes, mendigos, militantes de izquierda, sindicalistas o estudiantes. Su captura se producía en el sitio donde se encontraran: calles desoladas y oscuras, lupanares, lugares céntricos, sedes políticas y sindicales, colegios y universidades. El vehículo en el que se los transportaba era sin placas, con vidrios oscuros,  llamado por la ciudadanía:  “La última lágrima”.

 

El número de verdugos oscilaba entre cinco y siete, dependiendo de la complejidad del operativo para capturar la víctima. El grado de sigilo para cada operativo estaba supeditado a la naturaleza del infortunado. Por ejemplo si se trataba de personas lumpenizadas, no importaba si fuesen avistados por alguien. Para el caso de las personas no lumpenizadas, se procuraba mayor discreción y en caso de fallar en su captura, se les eliminaba en el mismo sitio donde se hallasen. Si se optaba por esta última opción, los pistoleros actuaban sobre seguro, pues los demás verdugos aseguraban la huida; unos y otros se acercaban al lugar de los hechos para escuchar y ver las reacciones de curiosos, amigos y familiares de la víctima.

 

Los cadáveres recogidos los lunes eran sepultados el martes y los recogidos el martes, sepultados el miércoles, en la mañana o en tarde dependiendo del estado de descomposición. En una ocasión el sacerdote de turno de la catedral de aquella ciudad, decidió no permitir el ingreso a ese recinto del cuerpo sin vida de una meretriz,  y menos aún, oficiar la misa.

 

Interrogado por los periodistas, sobre el particular, el sacerdote en tono solemne y circunspecto y, de paso, enviando un claro mensaje moralista e inquisitorial, sentenció que no era posible el ingreso del cadáver de la meretriz a la casa de Dios y menos oficiársele la misa que porque, durante su vida y al momento de la muerte, estaba en pecado mortal al vender su cuerpo y sus encantos. Desde esa lógica, los militantes de izquierda y sindicalistas, también estaban en pecado mortal al profesar doctrinas contrarias a la fe cristiana y asumir una posición de crítica frente a las distintas manifestaciones del poder.

 

El sitio, por razones que aún ignoro, era el privilegiado por los verdugos para arrojar los cuerpos de sus víctimas, así éstas no fueran de la ciudad sino de pueblos, incluso lejanos, o de veredas. Tal es el caso de un campesino que vivía distante a unos ciento cincuenta kilómetros del lugar donde usualmente se arrojaban los cadáveres. En las proximidades de su finca, a orillas de una vía principal, ocurrió una emboscada de un comando guerrillero a una patrulla de miembros regulares de una de las fuerzas armadas, con un saldo nefasto para estas últimas.

 

Tras la posterior persecución a los atacantes, el campesino poseído por una mortal y terminal enfermedad, muy seguramente ajeno a los hechos, fue detenido y transportado al lugar donde se arrojaban los cadáveres y allí se le interrogó utilizando como presión y medio de tortura, el rociamiento con ácidos en todo su cuerpo hasta causarle la muerte.

 

Una vez ultimado, sus restos fueron incinerados y el olor a carne asada, a la cual son muy sensibles los jugos gástricos y las papilas gustativas, llamó la atención de los moradores de aquellos parajes. Era inusual que a las dos de la madrugada alguien estuviese asando carne en carbón de leña, sin embargo, por la naturaleza misma del sitio y por la presencia regular de bañistas, no se descartó la posibilidad de que alguien efectivamente estuviese asando carne.

 

Los músculos del cadáver se contrajeron más de lo normal,  por los efectos combinados de los ácidos y del fuego, hasta quedar el cadáver irreconocible desde todo punto de vista. La identificación del mismo fue posible por dos circunstancias: los familiares del campesino describieron el vehículo en que fue transportado por sus captores y esas señas  coincidían con las del automotor llamado, “La última lágrima”.

 

Los verdugos pirómanos, a manera de mensaje cifrado a las futuras víctimas, dejaron intactos los documentos de identidad  del campesino, a pocos metros del cadáver, con los cuales las autoridades ayudadas por las hienas de las funerarias, identificaron el cadáver.

 

La gente se preguntaba en voz baja: ¿Qué le cobraron al campesino? ¿No haber avisado a las autoridades sobre la presencia del comando guerrillero? ¿Se trató de un mensaje para posteriores casos en los cuales, quien divisara personas armadas debía reportarlas de inmediato a las autoridades para no correr la suerte del campesino? ¿Fue un brutal y despiadado acto de desesperación ante la contundencia del golpe y la incapacidad de dar con el paradero de los atacantes?

“La última lágrima”, era una camioneta destartalada, sin placas, de combustible siempre andaba con la reserva, el sistema eléctrico no le funcionaba, mal sincronizada, las láminas corroídas por la sangre, el sudor, las lágrimas, los orines, las excretas y la saliva de las personas vivas que en breve serían cadáveres, las llantas estaban tan gastadas que hasta parecía vérseles el aire. Las puertas eran amarradas con alambres o lazos. Sólo tenía dos sillas en la parte delantera, una donde iba quien conducía y en la otra, el encargado de enfrentar cualquier hecho fortuito como un apagón súbito del vehículo o una congestión en el tráfico, usualmente ataviado con ropa ligera, anteojos oscuros y una pistola automática desasegurada y montada en la mano derecha, y en la izquierda, un proveedor de reserva.

 

En la parte trasera, la camioneta no tenía sillas, en ese espacio de 1.20 metros de ancho por 1.50 de fondo, iban los tres o cuatro verdugos con su víctima a la que pateaban en las curvas cuando ésta, que iba maniatada y amordazada, no podía guardar el equilibrio y se golpeaba contra los verdugos de mirada matrera quienes lo recibían con golpes propinados con la manos, los pies, las cachas de las armas, más los chuzones producidos con armas corto punzantes. La camioneta no tenía un color definido, pues en las latas se evidenciaban capas de pintura verde, roja, amarilla, blanca, todas de pésima calidad.

 

En una ocasión, el turno para ser eliminado y arrojado su cadáver en la ribera de la quebrada, le correspondió a un mecánico de automotores, consumidor empedernido de alucinógenos, y apodado en el ámbito de sus homólogos como “La araña”, por su aspecto esquelético y su peculiar forma de caminar. Sus cabellos parecían alambres por la mezcla de sudor, seborrea y grasa de carros.

 

Su piel tostada por el sol canicular brillaba por la capa de sudor y grasa, siempre expuesta a los rigores y cambios radicales propios del clima cálido húmedo. Las uñas de los dedos de las manos, en ocasiones, las utilizaba como destornilladores. Siempre andaba descalzo. De su dentadura sólo quedaban los dos colmillos. Propios y extraños coincidían en el virtuosismo de “La araña” para las labores de la mecánica automotriz, trabajo que usualmente realizaba en estado de embriaguez o de alucinación.

 

Esa vez, cuando “La última lágrima” rondaba por el sector donde proliferan talleres de mecánica, en busca de una nueva víctima, el paraje estaba desolado. Eran las diez de la noche y “La araña” se recuperaba soñoliento, en un andén, de la faena del día y del alucinógeno y el licor consumido, simultáneamente, entre las tres y seis de la tarde. Su cuerpo tembloroso, sudoroso y sus músculos que poco le respondían. Creyó que “La última lágrima” era un cliente más. Cuando los verdugos le ordenaron que subiera a la camioneta, “La araña” lo hizo tranquilo y sin ayuda.   Los verdugos no lo tocaron  por asco.

 

“La araña” estaba en un estado tal de indefensión que los verdugos no lo amordazaron ni lo esposaron. Era lo único que habían encontrado esa noche para no perder la costumbre de arrojar cadáveres a la ribera de la quebrada. Cuando la camioneta emprendió la marcha, uno de los verdugos le informó a “La araña” que iba a ser eliminado. La araña no se inmutó, tal vez no le entendió o poco le importaba perder la vida.

 

“La última lágrima” avanzaba a la ribera de la quebrada y en una pequeña cuesta se apagó. Eran aproximadamente las once de la noche y una ligera lluvia hizo maldecir a los verdugos, pues nadie quiso bajarse a detectar el daño de la camioneta. “La araña” ofreció sus servicios de mecánico  y el rostro de los verdugos se transformó y era evidente el desconcierto, la incredulidad, la sorpresa pero, sobre todo, la cobardía con que reaccionan los criminales cuando las víctimas los enfrentan. “La araña” los estaba enfrentando. “Yo les arreglo este pedazo de soldadura para que me lleven a donde quieran”, les dijo.

 

Los verdugos se bajaron de “La última lágrima” con las armas montadas y desaseguradas por si “La araña” intentaba huir. “La araña” fue el último en bajar de la camioneta. Se ubicó en la parte delantera de “La última lágrima” y le ordenó al verdugo conductor que intentara encender la camioneta para que al escuchar el encendido se pudiera identificar la falla.

 

Unos verdugos se ubicaron, estratégicamente, para evitar que “La araña” intentara huir, otros se hicieron junto a él y el último intentó encender la camioneta. Es un problema de bujías, afirmó categóricamente “La araña” y eso se soluciona dejándola directa, remató. ¿La dejo directa?  Preguntó, y ninguno de los verdugos contestó, sólo el verdugo conductor le hizo con la cabeza una señal afirmativa. Encienda de nuevo, ordenó “La arana”. “La última lágrima” pudo continuar su letal viaje.

 

Superada la cuesta, “La última lágrima” avanzaba por una planicie en la que había un hueco lleno de agua que el verdugo conductor no esquivó pese a transitar por allí con suma frecuencia. La camioneta sufrió tal golpe que le perforó el tanque del combustible y en cuestión de  segundos “La última lágrima” se apagó, pues parte del combustible se regó y el otro se mezcló con agua. Los verdugos se miraron y sin pronunciar palabra alguna, observaron con fiereza a “La araña” a quien señalaban como ave de mal agüero por la ocurrencia de estos dos percances en su trabajo y, segundo a segundo, se enfurecían ante el comportamiento imperturbable de “La araña”.

 

Entre todos empujaron a “La última lágrima” y la sacaron a un lugar seco. Allí “La araña” actuó de nuevo corroborando el daño del tanque del combustible. Igualmente les propuso a los victimarios que él se podía quedar cuidando “La última lágrima” hasta el otro día mientras los verdugos se devolvían, dormían y al otro día regresaban, con una grúa, para llevar la camioneta al taller callejero de “La araña” para que éste la arreglara. Los verdugos aceptaron y “La araña” no murió en esa ocasión.

 

Murió cuando lo verdugos cambiaron de lugar para arrojar los cadáveres. El lugar elegido fue la puerta del cementerio. Una noche cualquiera “La araña” fue conducido a la puerta del cementerio y le pusieron en la cabeza una bolsa con abundante espuma de jabón y allí murió asfixiado. Mucha gente lamentó la muerte de “La araña”, hasta los propios verdugos, porque ya no tendrían quien les reparara “La última lágrima”, oportuna y gratuitamente.

 

El cuerpo exangüe de “La araña”, fue recostado por sus victimarios en las rejas de la puerta del cementerio y no se quedaba en la posición deseada, lo que los llenó de furia. Optaron entonces por abrir su vientre con un puñal, le sacaron el intestino delgado, vacío debido a la hambruna soportada, y con una punta, sin que perdiera conexión con el organismo, fue amarrado a las rejas de la puerta del cementerio para que no se moviera.

 

El movimiento del cadáver por el fuerte viento y su liviandad, ofendía a los verdugos, pues lo asumían como un abierto desafío de “La araña” después de muerto, el único que en vida no se inmutó ante la inminencia de la muerte. La torrencial lluvia de la madrugada formó un arroyo de considerable fuerza que arrastró el cadáver de “La araña” varios metros y rompió el intestino delgado que, como lazo para atarlo a la puerta del cementerio, habían utilizado sus verdugos.

 

Cerca al cementerio vivía uno de los verdugos que al día siguiente, muy temprano, debía pasar por el lugar de los acontecimientos camino a la oficina donde todos los días debían presentarse a su inmediato superior y programar las actividades de la semana que empezaba. Al ver el cadáver de “La araña”, en un lugar distinto al que lo habían dejado, montó en cólera y cuando sus colegas se enteraron, el desconcierto cundió.

 

Era el único cadáver que pese a su condición, desobedecía los caprichos de los verdugos, pues éstos eran del criterio de que los cadáveres debían quedar inclinados con la cabeza hacia abajo para que la sangre se concentrara y coagulara en la cabeza y así emitiera una imagen horrorosa a propios y extraños. El cadáver de “La araña” más parecía que estuviese recuperándose de uno de sus escabrosos viajes emprendidos por los laberintos de la alucinación.

 

Los verdugos estaban deseosos, desde hacía varios meses, de quiñar, como dicen ellos, a un líder estudiantil quien se les había escabullido en más de una ocasión. Habían hecho inteligencia de todos sus desplazamientos, horarios, rutinas, interceptado su teléfono, conocían sus fobias, aficiones, su novia y sus amigos, su horario de clases en la universidad y de reuniones en el consejo estudiantil.

 

Siempre se les había escapado porque les había hecho contra inteligencia, sabía cómo operaban y, además, porque nunca permanecía solo, se hacía acompañar por varios estudiantes conocedores de la situación; todos permanecían desarmados, su única arma era el valor y la estrategia convenida, en caso de él ser  detenido por los verdugos de “La última lágrima”,  sería el escándalo y la histeria para llamar la atención de los espectadores ocasionales. Cuando por motivos de fuerza mayor aquel líder estudiantil estaba solo, adhería a sus genitales setecientos cincuenta gramos de un explosivo superior a la dinamita.

 

El líder estudiantil estaba en la sala de espera del consultorio de un médico que militaba en el mismo partido, esperando turno para ser atendido a raíz de una leve dolencia lumbar. Era el único que estaba en la sala y como nadie lo había podido ir a acompañar, antes de salir de una de las casas donde pernoctaba, se adhirió los 750 gramos de explosivo a sus genitales, masa gelatinosa que había tomado la forma de los contornos de su ingle y pelvis. Entraron tres de los verdugos, uno lo cogió de los brazos, otros de las piernas y el tercero de la cabeza con una mano y con la otra le tapó la boca para impedir que sus gritos alertaran a alguien.

 

Eran las seis de la tarde y a las seis y treinta debía empezar una asamblea estudiantil en la universidad para diseñar la estrategia de protesta por el incremento del valor de las matrículas. El líder no llegó y todo mundo se alertó. Más que buscarlo, pensaron en “La última lágrima” y el médico amigo que debía atenderlo afirmó que había visto la camioneta rondando por su consultorio minutos antes de la consulta, hecho que sirvió de pista inicial para buscar la “La última lágrima” que había sido guardada por los verdugos en uno de los sótanos del edificio de la institución que los contrata y paga para que hagan lo que a la misma, legalmente, le está prohibido.

 

Las comisiones de búsqueda conformadas por la organización estudiantil no dieron con el paradero de la camioneta. A la una de la madrugada del día siguiente salió “La última lágrima”, en esta ocasión no para la puerta del cementerio, sino para la ribera de la quebrada. Al líder estudiantil en el recorrido le preguntaban por profesores de la universidad, por otros estudiantes, por sus correligionarios, por su familia, por sus amigos y tras cada pregunta, contestara o no, venía la andanada de golpes y con una navaja le iban quitando pedazos de las orejas y de la nariz.

 

Ante el estoicismo del líder estudiantil, sus verdugos actuaban con mayor furia y salvajismo. Faltando 20 metros para llegar al destino, “La última lágrima” frenó abruptamente ante el inminente atascamiento y dos de los verdugos cayeron sobre el cuerpo del líder estudiantil quien activó el explosivo según las indicaciones recibidas por expertos y se produjo una explosión causándole la muerte a los tres verdugos que iban en la parte de atrás de la camioneta.

 

El líder estudiantil y los dos verdugos que iban en la parte delantera quedaron heridos, las puertas desajustadas se trabaron y nos las pudieron abrir, allí murieron dos horas después. Los perros del vecindario lamieron la sangre de los seis cadáveres ahorrándole así trabajo a las hienas de las funerarias y los verdugos experimentaron lo que es amanecer sin vida y expuestos a la brisa, a las hormigas y a los perros.

 

Los verdugos no podían aparecer como víctimas de su propio invento. Sus superiores se encargaron de elaborar el libreto para los periodistas y locutores lame traseros de aquella ciudad a través de los cuales debía darse la siguiente versión de los hechos:

 

“200 terroristas de la organización guerrillera que opera en la región, emboscó y, a mansalva y sobre seguro, masacraron a cinco servidores de la patria; su sangre derramada los convierte en mártires de la democracia y digno ejemplo para la juventud y generaciones futuras. En un acto de sin igual valentía los inmolados servidores públicos al repeler el ataque dieron de baja a medio centenar de bandidos e hirieron a otros tantos. Muertos y heridos fueron retirados del lugar por su compinches a excepción del cadáver de un reconocido terrorista y líder estudiantil de la universidad local”.

 

Los cadáveres de los “mártires de la democracia” fueron ubicados en cajas mortuorias envueltas en el tricolor nacional y en la bandera de la institución, dispuestas en el lugar en que suelen realizarse este tipo de actos. Por allí desfilaron el obispo, sacerdotes, el gobernador, alcaldes, concejales, diputados, congresistas, comerciantes, industriales, las damas grises, rosadas y negras y, compungidos por lo ocurrido, saludaron a los superiores de los verdugos y les expresaron su solidaridad en tan difícil trance.

 

Los ministros del interior y defensa, llevando la vocería del presidente, ofrecieron declaraciones ante los medios de información, anunciando aumento del pie de fuerza y contraofensivas para dar con el paradero de los agresores. De los cinco cadáveres de los verdugos, tres fueron enviados a sus lugares de origen y los dos restantes fueron sepultados en el cementerio local donde volvieron, ya no para arrojar cadáveres, sino para permanecer allí un tiempo considerable.

 

El cadáver del “temible terrorista” y líder estudiantil fue expuesto en el aula máxima de la universidad y durante dos horas en la sede de su partido político. A uno y otro lugar concurrieron curiosos para darle rienda suelta al morbo fúnebre de ver el cuerpo despedazado de un supuesto terrorista. Compañeros de la universidad lanzaban periódicamente arengas. Los colegas de los verdugos muertos, presentes en todos los actos, se hacían señal con la mayor discreción del caso dejando fichados a quienes participaban en el acompañamiento del féretro. Pararon la oreja y se fueron.

 

Desde entonces los verdugos de drogadictos, homosexuales, lesbianas, pequeños delincuentes, dementes, mendigos, militantes de izquierda, sindicalistas, periodistas críticos y estudiantes, entre otros, introdujeron modificaciones sustanciales a su labor diaria: en lo sucesivo no más camionetas, no más “Últimas lágrimas”, no más arrojar cadáveres en la ribera de la quebrada porque ello era exponerse a otra emboscada de aniquilamiento.

 

A partir de ese instante el comercio de aquella ciudad donó cincuenta motocicletas de alto cilindraje a la institución, las estaciones de servicio contribuirían con el combustible, los almacenes de repuestos con partes para las reparaciones y los mecánicos que ocupaban los andenes, colaborarían con la mano de obra, so pena de ser reprimidos por ocupar el espacio público. Lo primero que se les hizo a estos vehículos fue quitarles la placa y se ubicaron en hilera en la plaza de armas para la respectiva ceremonia de entrega.

 

El superior de los verdugos intervino y señaló que agradecía el gesto de desprendimiento y comprensión hacia la institución por parte de los ciudadanos de bien de aquella ciudad. Estos supuestos ciudadanos de bien representados por un ex combatiente de la guerra entre las dos Coreas de mediados del Siglo XX, aclaró, que la donación debía traducirse en mayor seguridad, pues había demasiado trabajador informal en las calles vendiendo a menor precio lo que ellos vendían en los almacenes, proliferaban los raponeros y mendigos que daban mal aspecto al entorno de sus negocios.

 

El gobernador precisó que esa era una forma tangible de ofrecerle seguridad a los ciudadanos que lo eligieron. Cuando intervino el presidente del tribunal superior de aquel departamento, reiteró que el derecho sin la fuerza y la fuerza sin el derecho, son una desventura para los pueblos. El obispo bendijo las motocicletas, les roció agua bendita y ratificó el compromiso ineludible de la iglesia con el poder representado allí, es decir, el poder militar, el poder económico, el poder  político y el poder judicial. 

 

Los nuevos verdugos sumaban, en total, cien, dos por cada motocicleta, uno conducía y otro disparaba. La modificación que se introdujo a su labor consistió no en   transportar a sus víctimas, ultimándolas y arrojando los cadáveres en la ribera de la quebrada, sino  en acribillarlas a balazos en el lugar y circunstancias donde se hallasen. A cualquier hora, y delante de quien fuera, huir y encomendarle a otro par de verdugos que hicieran presencia para observar y escuchar reacciones. Las motocicletas eran de cualquier color, el distintivo era su ausencia de placas.

 

Ante la racha de crímenes cometidos bajo la nueva modalidad, se convocó a un consejo de seguridad y allí se reunieron, casi sin proponérselo, los mismos actores que participaron en la ceremonia de donación de las motocicletas. Los poderes militares, económicos, políticos y judiciales, supuestamente, para poner en cintura a los autores de estos crímenes en serie, prohibieron: el tránsito de las motocicletas de más de ciento setenta y cinco centímetros de cilindraje en las horas de la noche, el parrillero o acompañante, la utilización de viseras, cascos, capuchas u objetos que pudiesen obstruir la identidad de las personas y exigieron la obligatoriedad de las placas. Los cien verdugos en las cincuenta motocicletas se pasaron por la faja tal medida, pero sí la exigieron a las demás personas.

 

Estos verdugos optaron por esperar, desde muy tempranas horas del día, a sus víctimas en lugares cercanos a sus casas para dispararles cuando se disponían a salir al trabajo. Periodistas críticos, no lame traseros ni áulicos del poder, cayeron cuando salían a las estaciones de radio a laborar. Profesores que se disponían abordar algún medio de transporte para llegar a su lugar de trabajo, fueron eliminados. Drogadictos, homosexuales, lesbianas, pequeños delincuentes, dementes y mendigos, que se disponían a refugiarse en sus lugares de habitación, después de una agitada noche, fueron ultimados de manera despiadada.

 

Los militantes de izquierda, sindicalistas y estudiantes, optaron por no levantarse temprano. Sus lugares de habitación se convirtieron en auténticas prisiones, las cuales eran vigiladas a cualquier hora del día o de la noche por los diestros motociclistas y finos tiradores.

 

Desde entonces, y previo todo el proceso indicado, el aviso, PROHIBIDO ARROJAR CADÁVERES AQUÍ, cumplió su cometido y las parejas de bañistas que elegían la ribera de la quebrada para aparearse, pudieron volver a hacerlo sin el temor de que sus diminutas prendas de baño quedasen impregnadas con sangre de las víctimas de los verdugos o que coincidiera el lecho de su pasión furtiva con el espacio en que fueron arrojados cadáveres con la cabeza inclinada hacia abajo para que se les concentrara la sangre y los perros escuálidos y hambreados la lamiesen.

 

                                       

       Édgar Velásquez Rivera.

                                                         Doctor en Historia, Pontificia Universidad Católica de Chile.

                                                                                              Profesor, Departamento de Historia, Universidad del Cauca. Popayán. Cauca. Colombia.

                                                        

 

      Correo electrónico:  velasquezrivera@gmail.com

 

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