Son espejismos las ciudades

Por Marco Aurelio Rodríguez

 

 

Me gustaría creer que Herbert McLuhan, el estudioso de los medios de comunicación, el Sumo Sacerdote de la Cultura Pop, el Metafísico de los Medios, cuando en los años sesenta acuñó el término “aldea tribal”, pensaba sarcásticamente en Brooklyn o en Manhattan. Se cuenta la anécdota de que cuando fue invitado a almorzar a un fastuoso restaurante de la ciudad de Nueva York, profetizó: “Por supuesto una ciudad como Nueva York es algo superado; la gente ya no se concentrará más en grandes centros urbanos buscando trabajo. Nueva York se convertirá en otra Disneylandia, en un parque de atracciones”.

 

Es posible que el habla se haya iniciado hace unos 30.000 años, y la comunicación escrita-alfabética tiene tan solo unos cuatro milenios de antigüedad. Por lo tanto, la aldea tribal se fundamenta en una vecindad analfabeta; su persistencia habría sido de unos 26.000 años. La palabra oral como medio de comunicación estimulaba sensorial y emocionalmente al oyente, integrándolo de este modo al grupo de pertenencia (clan o tribu). Allí, la única posibilidad de transmitir experiencias y acumularlas era por medio de la memoria del grupo.

 

Mc Luhan murió en 1980, pero ya en 1964 advierte de la “retribalización” de la humanidad, caracterizada por una “restauración armónica” del balance sensorial (vaticinio de la “aldea global”, donde la “aceleración” provocada por las nuevas tecnologías tiende a favorecer lo simultáneo, lo orgánico y lo integral): “Los nuevos medios de comunicación harán que el hombre implosione sobre sí mismo. Al estar sentado en el cuarto de control de la información, recibiéndola a velocidades enormes, desde todas las áreas del mundo, los resultados podrían ser peligrosamente inflativos y esquizofrénicos. Su cuerpo permanecerá en un solo lugar pero su mente volará hacia el vacío electrónico, estando al mismo tiempo en todos los lugares del banco de datos. El hombre desencarnado pierde su sentido de identidad privada pero surgirá con la capacidad de interconectarse con cualquier persona sobre la faz de la tierra”. Vivimos en un reducido espacio único donde resuenan tambores tribales. Avizora los sistemas de comunicación en su textura misma, como si tuvieran base humana: “el sujeto no sólo está en el mundo con la tecnología, está fusionado con ella”.

 

“La tecnología de la comunicación ?insiste McLuhan? transforma todas las relaciones sociales y convierte al mundo en una aldea global, en la que el espacio y el tiempo son abolidos y los hombres tienen que aprender a vivir en estrecha relación. Se desarrolla una cultura planetaria [donde] desaparecerán los libros en favor de los medios audiovisuales. Todos los medios ?continúa? nos vapulean minuciosamente. Todos son penetrantes en sus consecuencias personales, políticas, económicas, psicológicas, sociales y éticas. Los medios han logrado no dejar parte alguna de la persona sin modificar”.

 

En contra de estos augurios mesiánicos —incluso un autor francés, Lucien Sfez, llegó a afirmar que tanto la política como la tecnología están habitadas por la ficción— se alzan voces muy variadas que enfatizan nuevos dilemas políticos y de gestión, así como la necesidad de preservar a toda costa la identidad cultural frente a la avalancha tecnológica: “(…) podemos dar gracias por la existencia de vastas y dispersas poblaciones de culturas tribales del mundo que jamás han usado un teléfono o un televisor, que viven de sus habilidades locales de subsistencia aguzadas a lo largo de milenios... Si la ciudad mundial se hace trizas ellos recogerán los fragmentos como ya lo han hecho antes” (Steward Brand, editor del The Whole Earth Review).

 

                                       

 

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